El momento en que un bebé nace y es colocado sobre el pecho de su madre es uno de los más poderosos y cargados de significado que existen. Pero más allá del simbolismo emocional, en ese instante ocurren procesos biológicos extraordinariamente complejos: el bebé, que acaba de llegar a un mundo completamente desconocido, activa de forma instintiva un repertorio de conductas de búsqueda que le guiarán hasta el pecho materno. Y el protagonista de esa guía, según múltiples investigaciones científicas, es el olfato.
El olfato del recién nacido: un sentido extraordinariamente desarrollado
Al contrario de lo que pudiera pensarse, el recién nacido no llega al mundo «en blanco» sensorialmente. El sistema olfativo es uno de los primeros en desarrollarse durante la gestación: el feto comienza a inhalar líquido amniótico y a procesar sus componentes aromáticos desde aproximadamente la semana 24-28 de embarazo. Esto significa que, en el momento del nacimiento, el bebé ya tiene una «memoria olfativa» que incluye los olores a los que estuvo expuesto en el útero, entre ellos los aromas de la dieta de la madre, que se transmiten al líquido amniótico.
Experimentos realizados en los años ochenta y noventa por el investigador francés Benoist Schaal y su equipo demostraron de forma elegante que los recién nacidos prefieren el olor del líquido amniótico al de cualquier otra sustancia, y que este olor funciona como un ancla de seguridad en los primeros momentos de vida. Posteriormente, el bebé transfiere esa preferencia al olor de la aréola mamaria de su madre, que comparte componentes aromáticos con el líquido amniótico.
Las glándulas de Montgomery, pequeñas protuberancias visibles en la aréola que rodea el pezón, producen una secreción con un perfil olfativo que actúa como un potente señalizador para el recién nacido. Estudios realizados en maternidades europeas han mostrado que los bebés, cuando se les coloca entre el pecho de su madre y el pecho de otra mujer lactante, orientan sistemáticamente su cabeza hacia el pecho materno, guiados exclusivamente por el olfato. Esta capacidad de reconocimiento olfativo materno aparece en los primeros días de vida y es independiente de la experiencia previa de lactancia.
El contacto piel con piel y el vínculo temprano
El contacto piel con piel inmediatamente después del nacimiento —práctica conocida como «método canguro»— favorece de forma significativa el inicio y la duración de la lactancia materna. Cuando el bebé es colocado sobre el pecho desnudo de su madre, activa de forma espontánea una secuencia de comportamientos conocida como el «breast crawl» o «arrastre al pecho»: el bebé mueve la cabeza de un lado a otro, abre la boca, extiende la lengua y avanza lentamente hacia el pezón, guiado fundamentalmente por el olfato y apoyado por la temperatura corporal y el tacto.
Este proceso, cuando se permite que ocurra sin interrupciones —sin secar al bebé en exceso, sin administrar fármacos con olores intensos a la madre durante el parto, sin separar al bebé inmediatamente tras el nacimiento— culmina con el bebé realizando la primera toma de forma espontánea en la gran mayoría de los casos. Las investigaciones muestran que los bebés que han tenido contacto piel con piel en las primeras horas tienen tasas significativamente más altas de lactancia materna a los seis meses.
Además de los beneficios para la lactancia, el contacto piel con piel tiene efectos fisiológicos documentados tanto en el bebé como en la madre. En el bebé, favorece la estabilización de la temperatura corporal, la glucemia y la frecuencia cardíaca; reduce el llanto y los niveles de cortisol; y facilita la colonización por bacterias beneficiosas procedentes de la piel materna. En la madre, estimula la liberación de oxitocina —la «hormona del amor»—, favorece la involución uterina y reduce el riesgo de hemorragia posparto.
El vínculo que se establece en esas primeras horas de vida no es irrompible ni irrecuperable si por alguna razón médica no puede producirse el contacto inmediato. Pero sí es un momento de extraordinaria plasticidad biológica en el que tanto la madre como el bebé están extraordinariamente receptivos a establecer esa conexión profunda que será la base del apego seguro.
Implicaciones para las rutinas hospitalarias y la lactancia
El conocimiento acumulado sobre la importancia del olfato en el vínculo materno-neonatal y en el inicio de la lactancia tiene implicaciones prácticas importantes para las rutinas hospitalarias. La Organización Mundial de la Salud y UNICEF recomiendan, dentro de la iniciativa «Hospital Amigo del Niño», el contacto piel con piel inmediato y continuado tras el parto, la demora del baño del recién nacido al menos 24 horas y la facilitación de la primera toma al pecho de forma espontánea. Estas prácticas, cuando se implementan de forma sistemática, tienen un impacto medible y positivo en las tasas de lactancia materna y en el bienestar materno-neonatal.
Conclusión
El olfato del recién nacido es una herramienta biológica extraordinariamente sofisticada que le permite reconocer a su madre y orientarse hacia el alimento que necesita desde los primeros minutos de vida. Respetar este proceso, facilitar el contacto piel con piel y no interferir innecesariamente con las conductas instintivas del bebé en las primeras horas son medidas simples con un impacto profundo en el vínculo temprano y en el éxito de la lactancia.
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