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Cuando se habla del impacto de la edad en la fertilidad, la conversación se centra casi exclusivamente en la mujer. El declive de la reserva ovárica, el aumento de anomalías cromosómicas en los ovocitos, la reducción de las tasas de éxito en FIV con el paso de los años: todos estos temas están bien documentados, se comunican con claridad a las pacientes y forman parte del discurso público sobre la planificación familiar. Lo que mucho menos se explica —en consulta, en artículos de divulgación y en conversaciones cotidianas— es que el esperma también envejece, y que ese envejecimiento tiene consecuencias reproductivas y para la salud de la descendencia que la medicina reproductiva no puede ignorar.

El aumento de la edad paterna en el momento de la concepción es una tendencia demográfica clara en los países desarrollados. En España, la edad media del padre en el nacimiento del primer hijo supera los 35 años, y una proporción significativa de concepciones ocurre en hombres mayores de 40 y de 45 años. Esto no es en sí mismo un problema: la paternidad a edades más avanzadas es, para muchos hombres, el resultado de una vida personal y profesional que se ha desarrollado de manera diferente a la de generaciones anteriores. Pero sí es una realidad que justifica una conversación médica honesta sobre los riesgos asociados, sin dramatismo pero sin omisiones.

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En este artículo explicamos cómo envejece el esperma, qué mide el seminograma estándar y qué no mide, cuándo están indicadas pruebas adicionales como el estudio de fragmentación del ADN espermático, y qué dice la evidencia científica sobre la paternidad a partir de los 45 o 50 años.

Cómo envejece el esperma: más allá del seminograma convencional

A diferencia de los ovocitos, que se forman durante la vida fetal de la mujer y envejecen con ella, los espermatozoides se producen de manera continua a lo largo de toda la vida del varón en un proceso llamado espermatogénesis. Esto ha generado durante mucho tiempo la idea de que la fertilidad masculina es indefinida, o al menos mucho más duradera que la femenina. Es una idea que simplifica una realidad más matizada.

Aunque la producción de esperma continúa con la edad, su calidad se deteriora de manera progresiva a partir de los 40-45 años en la mayoría de los hombres. Ese deterioro tiene varias dimensiones que conviene distinguir.

La fragmentación del ADN espermático es probablemente el indicador de calidad espermática que más relación tiene con los resultados reproductivos y que el seminograma convencional no detecta. Con la edad, el proceso de compactación del ADN en el espermatozoide se vuelve menos eficiente, y aumenta la tasa de roturas en la cadena de ADN. Un espermatozoide con el ADN fragmentado puede fecundar un ovocito —el seminograma puede mostrar motilidad y morfología normales— pero el embrión resultante tiene mayor dificultad para desarrollarse correctamente, mayor tasa de fallos de implantación y mayor riesgo de aborto espontáneo.

Las mutaciones de novo —mutaciones genéticas que aparecen por primera vez en el esperma del padre y no estaban presentes en sus células somáticas— también aumentan con la edad paterna. Las células germinales masculinas se dividen de manera constante a lo largo de la vida, y cada división introduce un riesgo acumulativo de errores en la copia del ADN. Un hombre de 20 años tiene aproximadamente 25 divisiones celulares acumuladas en su línea germinal desde la pubertad; un hombre de 40 tiene más de 600. Ese aumento en el número de divisiones celulares explica directamente el aumento en la tasa de mutaciones de novo observado con la edad paterna avanzada.

La concentración y la motilidad espermática también tienden a disminuir con la edad, aunque la variabilidad interindividual es enorme y muchos hombres mayores de 50 años tienen parámetros seminales completamente normales. La morfología espermática —el porcentaje de espermatozoides con forma normal— también muestra una tendencia al deterioro con el envejecimiento.

Lo que el seminograma convencional no puede ver

El seminograma o espermiograma es la prueba básica de evaluación de la fertilidad masculina. Analiza la concentración de espermatozoides por mililitro de eyaculado, su motilidad —capacidad de moverse— clasificada en progresiva rápida, progresiva lenta e inmóvil, y su morfología según criterios estrictos de Kruger. Es una prueba útil, accesible y reproducible que permite identificar alteraciones severas de la producción espermática.

Sin embargo, el seminograma convencional no evalúa la integridad del ADN espermático, que es el parámetro más directamente relacionado con los resultados de los tratamientos de reproducción asistida en parejas con factor masculino. Un hombre con un seminograma completamente normal puede tener una tasa elevada de fragmentación del ADN espermático que explique fallos repetidos de implantación o abortos de repetición de causa aparentemente inexplicada.

Las pruebas disponibles para evaluar la fragmentación del ADN espermático incluyen el TUNEL, el SCD (Sperm Chromatin Dispersion) y el SCSA (Sperm Chromatin Structure Assay). Cada una tiene sus ventajas metodológicas, y la elección entre ellas depende de la disponibilidad del laboratorio y del contexto clínico. Los valores de fragmentación del ADN por debajo del 15-20% se consideran normales, los situados entre el 20 y el 30% son limítrofes e indican seguimiento, y los superiores al 30% se asocian claramente con peores resultados reproductivos y pueden orientar hacia el uso de esperma testicular, que en algunos casos tiene menor fragmentación que el esperma eyaculado.

Qué dice la evidencia sobre la paternidad a edades avanzadas

Los estudios sobre los efectos de la edad paterna avanzada en la salud de la descendencia son más recientes y menos numerosos que los estudios sobre edad materna, pero los resultados son coherentes y relevantes.

El riesgo de autismo en la descendencia aumenta con la edad paterna, incluso después de controlar estadísticamente por la edad materna. Un estudio publicado en Nature encontró que los hijos de padres de 45 años o más tenían aproximadamente el doble de probabilidad de recibir un diagnóstico de trastorno del espectro autista que los hijos de padres de 25 años. El aumento del riesgo de esquizofrenia con la edad paterna también está bien documentado en la literatura científica.

Otros estudios han encontrado asociaciones entre la edad paterna avanzada y un mayor riesgo de síndromes genéticos causados por mutaciones de novo en genes específicos, como el síndrome de Apert, la acondroplasia y el síndrome de Marfan. Aunque el riesgo absoluto de cada una de estas condiciones es bajo, el patrón consistente a través de diferentes patologías sugiere un mecanismo biológico real: el aumento de mutaciones de novo con la edad paterna.

Es importante contextualizar estos datos para no generar alarma desproporcionada. El riesgo absoluto de que un padre de 45 años tenga un hijo con autismo sigue siendo bajo. La gran mayoría de los hombres que son padres a edades avanzadas tienen hijos completamente sanos. Lo que la evidencia justifica no es desaconsejar la paternidad a partir de una cierta edad, sino incorporar la edad paterna como una variable más en la evaluación reproductiva y ofrecer información honesta a las parejas que toman estas decisiones.

En el contexto de la reproducción asistida, esto significa que cuando una pareja lleva tiempo intentando concebir sin éxito, o cuando hay fallos repetidos de implantación o abortos de repetición, la evaluación completa del factor masculino debe incluir el estudio de fragmentación del ADN espermático, independientemente de que el seminograma convencional sea normal. La edad del varón es un dato clínico relevante que debe considerarse en el diseño del tratamiento, no una variable sin consecuencias prácticas.

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Equipo Editorial IMFER Blog

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Última revisión médica: 10 de mayo de 2026

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