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Hay una conversación que rara vez ocurre en la consulta de fertilidad y que, sin embargo, está en el origen de muchos casos de infertilidad relacionados con la edad: la que tiene que ver con el dinero, el trabajo y la inestabilidad. Muchas parejas y mujeres solas no llegan tarde a la maternidad por falta de información o por desinterés, sino porque llevan años esperando el momento en que las condiciones económicas sean mínimamente razonables para traer un hijo al mundo. Y ese momento, en demasiadas ocasiones, llega demasiado tarde desde el punto de vista biológico.

En España, la edad media al primer parto ronda actualmente los 32 años, la más alta de la historia y una de las más elevadas de Europa. Detrás de ese dato hay toda una realidad social y económica: contratos temporales, dificultad para acceder a una vivienda, salarios que no crecen al ritmo del coste de vida, y un sistema de conciliación que sigue siendo insuficiente para muchas familias. El resultado es un círculo vicioso que afecta no solo a las tasas de natalidad, sino también, de forma directa, a la fertilidad de las personas.

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Lo que la ciencia ha ido documentando en los últimos años es que los factores socioeconómicos no son solo un telón de fondo sociológico: tienen consecuencias fisiológicas reales. El estrés crónico, la ansiedad sostenida en el tiempo y los hábitos de vida asociados a la precariedad laboral generan cambios hormonales que pueden interferir con los mecanismos de la reproducción de formas que a veces son difíciles de revertir.

Cómo el estrés crónico afecta al sistema hormonal reproductivo

El sistema reproductor humano es extraordinariamente sensible al estrés sostenido. Cuando el organismo percibe una amenaza continuada —ya sea física, como la escasez de alimentos, o psicológica, como la precariedad laboral— activa el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, que libera cortisol y otras hormonas del estrés. En situaciones puntuales, esta respuesta es adaptativa. Cuando se mantiene durante meses o años, empieza a interferir con el eje reproductivo.

En las mujeres, el estrés crónico puede alterar la regularidad del ciclo menstrual, dificultar la ovulación e incluso provocar ciclos anovulatorios. Estudios publicados en revistas como Human Reproduction han documentado que mujeres con niveles elevados de alfa-amilasa salival, un marcador biológico del estrés, tienen tasas de fecundidad mensual significativamente menores que mujeres con niveles bajos de este marcador. En los hombres, el estrés sostenido se asocia con reducción de la concentración espermática, aumento de la fragmentación del ADN y descenso de la movilidad progresiva.

A esto se suman los hábitos que a menudo acompañan a los periodos de mayor presión económica y laboral: sueño insuficiente, alimentación irregular, mayor consumo de tabaco o alcohol, y reducción de la actividad física. Todos estos factores tienen un efecto negativo documentado sobre la fertilidad, tanto masculina como femenina.

El círculo vicioso de esperar el momento perfecto

Una de las trampas más dolorosas en la que cae mucha gente es la de postponer indefinidamente el proyecto de maternidad esperando una estabilidad que nunca acaba de llegar del todo. El razonamiento parece lógico desde fuera: primero necesito trabajo estable, luego piso, luego una pareja consolidada, luego ahorros suficientes. Pero la biología no espera.

La reserva ovárica de una mujer cae de forma progresiva a partir de los 32-33 años, y se acelera de forma significativa a partir de los 37-38. Lo que a los 30 sería un camino relativamente sencillo puede convertirse a los 40 en un proceso mucho más complejo, con menor número de óvulos, peor calidad ovocitaria y mayor tasa de aneuploidías embrionarias. La diferencia entre iniciar un tratamiento de fertilidad a los 35 y hacerlo a los 42 no es solo de dificultad técnica: es de probabilidad real de éxito.

El problema no es que la gente sea irresponsable o esté mal informada. El problema es estructural. Un sistema que no garantiza la conciliación, que castiga laboralmente la maternidad y que hace prácticamente imposible el acceso a la vivienda para parejas jóvenes está, de facto, empujando a muchas personas hacia una infertilidad que podría haberse evitado.

Qué opciones existen para actuar antes de que sea tarde

La buena noticia es que hay alternativas que permiten ganar tiempo sin renunciar al proyecto de maternidad. La más relevante es la vitrificación de óvulos, que permite preservar óvulos en el momento de máxima calidad para usarlos más adelante, cuando las circunstancias vitales sean más favorables. Es una opción que cada vez más mujeres consideran a partir de los 30-33 años, antes de que la reserva ovárica empiece a declinar de forma significativa.

Además, existen algunas medidas que cualquier persona puede tomar para proteger su fertilidad en periodos de alta presión: mantener una dieta equilibrada, evitar el tabaco, limitar el alcohol, intentar preservar un mínimo de horas de sueño y buscar apoyo psicológico si el nivel de estrés se vuelve difícil de manejar. Ninguna de estas medidas sustituye a la consulta médica, pero sí pueden marcar una diferencia en la calidad de los gametos y en la respuesta al tratamiento.

Lo más importante, en cualquier caso, es no esperar a tener dudas serias para consultar con un especialista. Una analítica básica de reserva ovárica —que incluye la hormona antimülleriana y una ecografía para contar los folículos antrales— puede dar una imagen muy clara de en qué punto se encuentra la fertilidad de una mujer y cuánto margen de tiempo real existe para tomar decisiones.

Te recomendamos consultar nuestra guia sobre infertilidad en pareja para informacion mas detallada.

En IMFER llevamos más de 30 años acompañando a familias en este camino. Si tienes dudas sobre tu fertilidad o quieres saber qué opciones tienes, consúltanos en imfer.com.

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Equipo Editorial IMFER Blog

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Última revisión médica: 10 de mayo de 2026

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