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Hay una estadística que aparece de vez en cuando en los titulares y que, por repetida, quizá ya no impacta como debería: España lleva años con una tasa de natalidad de entre 1,2 y 1,3 hijos por mujer. El nivel de reemplazo generacional —es decir, el mínimo para que la población no disminuya— es de 2,1. La brecha entre ambas cifras lleva décadas ensanchándose.

No somos el único país europeo con este problema, pero sí estamos entre los que más acusan la tendencia. Y lo que es más preocupante: no hay señales claras de que la situación vaya a revertirse en el corto plazo.

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Querer y poder son dos cosas distintas

Lo primero que hay que entender es que la mayoría de las mujeres españolas sí quieren tener hijos. Las encuestas lo dicen una y otra vez: el deseo de maternidad sigue siendo mayoritario, y la familia sigue siendo uno de los valores más importantes para la población española. El problema no es la falta de deseo. El problema es la distancia entre lo que se quiere y lo que se puede.

¿Por qué esa distancia? Principalmente porque el momento en que una persona en España puede plantearse tener hijos con cierta estabilidad —trabajo fijo, vivienda propia o arrendada a un precio asumible, pareja estable, cierta seguridad económica— coincide, cada vez más, con el momento en que la fertilidad empieza a declinar.

El retraso en la maternidad y sus consecuencias biológicas

La edad media del primer hijo en España supera los 32 años. Hace cuarenta años era de 25. Ese cambio no es solo cultural o económico: tiene consecuencias biológicas directas. La fertilidad femenina comienza a disminuir de forma progresiva a partir de los 32-33 años, y de forma más marcada a partir de los 37-38.

Cuando una mujer llega a los 38 con el deseo de ser madre y se encuentra con dificultades para concebir, no es que haya hecho algo mal. Es que su biología lleva su propio calendario, que no siempre coincide con el social y económico que se le ha impuesto.

El papel creciente de la reproducción asistida

Ante esta realidad, la medicina reproductiva ha llenado parte del hueco. Hoy, alrededor del ocho por ciento de los bebés que nacen en España lo hacen gracias a alguna técnica de reproducción asistida. Hace veinte años ese porcentaje era marginal. Y seguirá creciendo.

Técnicas como la FIV, la inseminación artificial, la donación de óvulos y la vitrificación de óvulos permiten que muchas personas que de otro modo no podrían tener hijos consigan serlo. Pero no son una solución mágica ni pueden compensar del todo los efectos del retraso en la maternidad.

La vitrificación: una respuesta individual a un problema estructural

Una de las herramientas más útiles que ha aportado la medicina reproductiva en los últimos años es la posibilidad de preservar la fertilidad. Vitrificar óvulos antes de los 35 años —cuando la cantidad y la calidad son óptimas— permite que una mujer que no está en el momento de buscar el embarazo pueda hacerlo más adelante con mejores perspectivas.

No es una solución al problema estructural. Es una herramienta individual. Pero para muchas mujeres que se encuentran en esa situación —saben que quieren ser madres pero no ahora, o no tienen aún una situación personal estable— puede marcar una diferencia enorme.

Lo que habría que cambiar más allá de la medicina

La medicina reproductiva puede ayudar a muchos, pero no puede resolver sola un problema que tiene raíces económicas y sociales profundas. Permisos de maternidad y paternidad más largos y equitativos, mayor oferta de guarderías públicas, políticas de conciliación reales que no penalicen a las mujeres en su carrera profesional, acceso más amplio a la reproducción asistida en la sanidad pública… Son cambios estructurales que están en manos de la política, no de los médicos.

La reproducción asistida ayuda a las personas que quieren tener hijos pero tienen dificultades para concebirlos de forma natural. Pero la baja natalidad tiene causas económicas y sociales que van más allá de la fertilidad biológica. La medicina puede ser parte de la solución, pero no puede resolver el problema por sí sola.

La edad ideal para vitrificar es antes de los 35 años, cuando la reserva ovárica y la calidad de los óvulos son buenas. A partir de los 37-38 la respuesta a la estimulación puede ser menor y se necesitan más ciclos para obtener un número suficiente de óvulos. No obstante, cada caso es diferente y merece una valoración individual.

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Equipo Editorial IMFER Blog

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Última revisión médica: 10 de mayo de 2026

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