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La imagen de un hombre de 60 años con un bebé en brazos no es ya una rareza. Los datos del Instituto Nacional de Estadística muestran que la edad media de la paternidad en España sigue creciendo, y que el porcentaje de hombres que tienen su primer hijo después de los 50 —aunque pequeño en términos absolutos— ha aumentado de forma constante en las últimas dos décadas. Las razones son diversas: segundas parejas, nuevos proyectos de vida, acceso más tardío a la estabilidad económica o, simplemente, el deseo de ser padre que llega más tarde.

A diferencia de lo que ocurre con la maternidad tardía, la paternidad a una edad avanzada ha recibido históricamente menos atención médica y social. Se asume, a menudo erróneamente, que los hombres «nunca pierden la fertilidad» y que el tiempo no afecta a los espermatozoides de la misma manera que a los óvulos. La evidencia científica matiza esa idea con bastante claridad.

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Este artículo analiza qué dice la ciencia sobre la paternidad después de los 50, qué implicaciones tiene para el padre, para el bebé y para la familia, y cómo abordarlo cuando la fertilidad masculina está comprometida.

Lo que ocurre con los espermatozoides con el paso del tiempo

El declive de la fertilidad masculina con la edad existe, aunque es más gradual y variable que el femenino. A diferencia de los óvulos —cuya reserva es fija desde el nacimiento—, los espermatozoides se producen de forma continua a lo largo de la vida. Pero el proceso de espermatogénesis no es inmune al envejecimiento.

A partir de los 45-50 años se observa de forma consistente una reducción en la concentración espermática, en la movilidad y en la morfología. Estas alteraciones suelen ser moderadas y muchos hombres siguen siendo fértiles bien entrados en los 50 e incluso los 60 años. Sin embargo, hay un parámetro que los estudios más recientes han puesto en el centro del debate: las mutaciones de novo en el espermatozoide.

Las células madre que producen espermatozoides se dividen continuamente a lo largo de la vida. Con cada división celular existe la posibilidad de que se produzcan errores en la copia del ADN. A medida que el hombre envejece, el número acumulado de estas divisiones —y por tanto el número de posibles errores— aumenta. Se estima que cada año de vida masculina añade entre 1 y 2 nuevas mutaciones al genoma del espermatozoide. Estas mutaciones de novo se han asociado en los estudios más rigurosos con un mayor riesgo de ciertas condiciones en la descendencia: autismo, esquizofrenia, acondroplasia y algunas enfermedades raras de causa genética.

Esto no significa que los hijos de padres mayores vayan a desarrollar estas condiciones: el riesgo absoluto sigue siendo bajo. Pero sí significa que el factor edad paterna merece una evaluación honesta, algo que durante mucho tiempo se ha omitido en las conversaciones sobre reproducción tardía.

La dimensión emocional y familiar de la paternidad tardía

Más allá de la biología, ser padre después de los 50 implica una serie de realidades prácticas y emocionales que conviene pensar con tiempo. La brecha generacional con el hijo es mayor: cuando el niño tenga 20 años, el padre tendrá más de 70. La energía física que requiere la crianza de un bebé —las noches sin dormir, el juego activo, el seguimiento escolar— es algo que muchos padres tardíos describen como más exigente de lo que esperaban.

La longevidad parental es una preocupación real que muchos padres mayores no verbalizan pero sienten. La probabilidad estadística de no estar presentes en etapas cruciales de la vida del hijo —la adolescencia, los primeros trabajos, el matrimonio— es mayor cuando la paternidad comienza tarde. Esto no invalida el deseo ni la capacidad de ser un padre excelente, pero es una variable que merece reflexión.

La comparativa con la maternidad tardía revela una asimetría cultural interesante. Una mujer que decide ser madre a los 45 con donación de óvulos enfrenta frecuentemente juicios sociales que un hombre de la misma edad que decide ser padre no suele recibir con la misma intensidad. Esta doble rasero no es solo injusto: también ha contribuido a que se investigue menos el impacto de la edad paterna y se informen menos a los hombres de sus implicaciones.

Opciones cuando la fertilidad masculina tardía está comprometida

Cuando un hombre mayor de 50 años tiene dificultades para concebir, el primer paso es un seminograma completo que evalúe concentración, movilidad, morfología y, en casos seleccionados, fragmentación del ADN espermático. Este análisis orientará las opciones disponibles.

Si la calidad seminal es aceptable, la inseminación artificial o la FIV con los espermatozoides propios pueden ser suficientes, dependiendo de los demás factores. Si hay una alteración significativa, la ICSI permite trabajar con un número muy reducido de espermatozoides. En casos de azoospermia no obstructiva, la biopsia testicular —TESE o microTESE— puede recuperar espermatozoides directamente del testículo.

El consejo genético preconcepcional cobra especial importancia en padres mayores, dado el mayor riesgo de mutaciones de novo mencionado. El diagnóstico genético preimplantacional de aneuploidías —PGT-A— puede utilizarse en los embriones resultantes de una FIV para seleccionar aquellos cromosómicamente normales antes de la transferencia, reduciendo así el riesgo de aborto y de ciertas anomalías.

El debate ético sobre los límites de la paternidad tardía no tiene una respuesta universal. Las clínicas de reproducción asistida en España no tienen establecida por ley una edad máxima para los hombres, a diferencia de lo que ocurre con las receptoras de ovodonación, donde sí hay un límite de 50 años en la mayoría de los centros públicos. El juicio clínico y el diálogo abierto con el paciente sobre todas las implicaciones es, en este contexto, la herramienta más valiosa.

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Equipo Editorial IMFER Blog

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Última revisión médica: 10 de mayo de 2026

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