Revisado por el equipo médico de IMFER | Instituto Murciano de Fertilidad
- Sara: la maternidad diferida y el milagro de la vejez
- Raquel y Lía: la infertilidad como campo de batalla
- Ana y la oración como acto de resistencia
- Preguntas frecuentes sobre infertilidad y cultura
- ¿Por qué la infertilidad tiene tanta presencia en los textos sagrados?
- ¿Qué remedios usaban en la Antigüedad para tratar la infertilidad?
- ¿Tiene sentido leer estos relatos bíblicos desde una óptica médica?
La infertilidad no es una experiencia nueva. Es tan antigua como la humanidad misma. Mucho antes de que existieran las clínicas de reproducción asistida, los análisis hormonales o los protocolos de estimulación ovárica, el deseo de tener hijos y el dolor de no poder tenerlos ocupaban un lugar central en la vida de las personas. Y los textos que esas personas dejaron como legado —entre ellos, los libros que forman la Biblia— son un testimonio extraordinario de esa experiencia.
La Biblia, especialmente en el Antiguo Testamento, está salpicada de historias de mujeres que anhelan la maternidad y que, durante años o incluso décadas, no logran concebir. Estas narrativas no son anecdóticas: son relatos centrales, protagonizados por figuras fundamentales de la tradición abrahámica. El hecho de que estos textos sagrados dediquen tanto espacio a la infertilidad nos dice algo importante: que esta experiencia siempre ha sido reconocida como una de las más dolorosas y significativas de la condición humana.
Explorar estas historias desde una perspectiva contemporánea —atenta a la dimensión psicológica, cultural y médica de la infertilidad— nos permite tender un puente entre la experiencia de las mujeres de hace tres mil años y la de las mujeres que hoy acuden a una consulta de fertilidad. El dolor y el anhelo son los mismos; solo las herramientas disponibles han cambiado.
Sara: la maternidad diferida y el milagro de la vejez
Sara, esposa del patriarca Abrahán, es probablemente la figura bíblica más emblemática de la infertilidad. Su historia, narrada en el Génesis, arranca con una descripción directa y sin eufemismos: «Sara era estéril y no tenía hijos» (Génesis 11:30). Esta caracterización inicial no es un detalle menor: la infertilidad de Sara es el punto de partida de toda una trama teológica en torno a la promesa divina, la fe y la espera.
Sara espera durante décadas. Tiene alrededor de 90 años cuando, según el relato bíblico, concibe y da a luz a Isaac. La edad avanzada de Sara es, en el contexto de la narrativa, el elemento que subraya el carácter sobrenatural del nacimiento de su hijo. Pero desde una lectura contemporánea, la historia de Sara también nos habla de algo muy humano: el agotamiento de la espera, la tentación de tomar el control por cuenta propia (como cuando ofrece a su esclava Agar a su marido como vientre sustituto) y la dificultad de mantener la esperanza cuando el tiempo parece haberse agotado.
La historia de Agar, la esclava que engendra a Ismael para Abrahán a petición de Sara, introduce además una dimensión que anticipa debates modernos sobre maternidad subrogada, jerarquías sociales en la reproducción y las tensiones emocionales que genera compartir un embarazo deseado. La relación entre Sara y Agar, marcada por la envidia, el poder y el dolor, es de una complejidad psicológica notable.
Raquel y Lía: la infertilidad como campo de batalla
En el libro del Génesis encontramos otro relato de gran riqueza psicológica: el de Raquel y su hermana Lía, ambas esposas del patriarca Jacob. Lía es fértil pero no amada; Raquel es amada pero estéril. El texto describe la angustia de Raquel con palabras directas: «Al ver Raquel que no daba hijos a Jacob, sintió envidia de su hermana y dijo a Jacob: Dame hijos o me muero» (Génesis 30:1). Esta frase condensa con una precisión extraordinaria la desesperación que acompaña a la infertilidad.
La rivalidad entre las dos hermanas da lugar a una competición reproductiva que incluye el uso de sus esclavas como madres sustitutas y el episodio de las mandrágoras —una planta con supuestas propiedades fertilizantes en la medicina popular de la época— que Raquel solicita a Lía a cambio de una noche con Jacob. Este detalle etnobotánico es fascinante: demuestra que ya en la Antigüedad existía una farmacopea popular de remedios para la infertilidad, y que las mujeres buscaban activamente soluciones a su problema.
Raquel finalmente concibe y da a luz a José y a Benjamín, muriendo durante el parto de este último. Su historia es un arco completo que va del deseo a la realización, tocando de paso temas como la competencia femenina, la medicación de la fertilidad y el riesgo obstétrico.
Ana y la oración como acto de resistencia
El primer libro de Samuel comienza con la historia de Ana, una de las historias de infertilidad más conmovedoras del texto bíblico. Ana tiene un marido amoroso, Elcaná, que la quiere más que a su otra esposa, Penina, a pesar de que Penina tiene hijos y Ana no. Pero el amor del marido no alivia el dolor: «A Ana le daba doble porción, porque Ana le era muy querida, aunque el Señor había cerrado su seno» (1 Samuel 1:5).
Lo notable de Ana es su modo de responder al dolor: va al templo y ora con tal intensidad que el sacerdote Elí, al verla mover los labios sin emitir sonido, la confunde con una borracha. Cuando Ana le explica que está derramando su alma ante el Señor, la respuesta de Elí —»Ve en paz, y el Dios de Israel te conceda la petición que le has hecho»— funciona como un punto de inflexión. Ana sale del templo transformada: «Su rostro ya no estaba triste» (1 Samuel 1:18). Concibe y da a luz a Samuel, el futuro profeta.
Desde una perspectiva psicológica contemporánea, la historia de Ana ilustra la función terapéutica de la expresión del dolor, la importancia de ser escuchada y el alivio que puede producir sentir que la propia angustia ha sido reconocida. Muchas personas que atraviesan tratamientos de fertilidad describen experiencias similares: el momento en que se sienten verdaderamente comprendidas —por un médico, una terapeuta, un grupo de apoyo— marca un antes y un después en su proceso.
Preguntas frecuentes sobre infertilidad y cultura
¿Por qué la infertilidad tiene tanta presencia en los textos sagrados?
Porque la descendencia era, en las culturas del Próximo Oriente Antiguo, el bien más preciado. Los hijos garantizaban la continuidad del linaje, el trabajo de la tierra, el cuidado en la vejez y la memoria del nombre familiar. Una mujer estéril no solo sufría personalmente: ponía en riesgo la estabilidad económica y simbólica de toda la familia. La infertilidad era, por tanto, una catástrofe social de primer orden, no solo un drama íntimo. Que los textos sagrados la aborden con tanta atención refleja su enorme peso cultural.
¿Qué remedios usaban en la Antigüedad para tratar la infertilidad?
Además de las mandrágoras mencionadas en el Génesis, el papiro Ebers del Antiguo Egipto (hacia el 1550 a.C.) recoge recetas para tratar la infertilidad femenina. Las culturas mesopotámicas usaban hierbas, rituales y amuletos. En Grecia, el santuario de Asclepio en Epidauro recibía a mujeres que pedían la curación de su esterilidad. La medicina galénica incluía prescripciones dietéticas y tratamientos locales para «abrir el útero». Muchos de estos remedios carecían de eficacia real, pero reflejan la búsqueda constante de soluciones ante un problema universalmente sentido como grave.
¿Tiene sentido leer estos relatos bíblicos desde una óptica médica?
Sí, y es un ejercicio enriquecedor. Leer los relatos de infertilidad bíblica no supone reducirlos a su dimensión clínica ni ignorar su profundidad teológica. Pero sí permite reconocer en ellos la experiencia humana que los sostiene: el dolor de la espera, la presión social, la búsqueda de soluciones, la relación con el propio cuerpo. Esa experiencia no ha cambiado en tres mil años. Lo que ha cambiado —radicalmente— son las herramientas disponibles para afrontarla.
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