La desinformación sobre reproducción asistida circula con una velocidad y una convicción que a menudo supera a la información rigurosa. En consulta, los profesionales de fertilidad escuchan a diario miedos, creencias y «verdades» que los pacientes han leído en foros, recibido de familiares bien intencionados o visto en redes sociales. Algunos de esos mitos son inofensivos. Otros generan una ansiedad innecesaria que puede retrasar decisiones importantes o llevar a rechazar tratamientos que podrían funcionar.
Responder a estos mitos no significa ignorar la complejidad de la medicina reproductiva. Significa poner la evidencia disponible en manos de quienes más la necesitan: las personas que están valorando si la reproducción asistida puede ayudarles y que merecen tomar esa decisión con información real.
Lo que sigue es un repaso de los mitos más frecuentes en consulta, con lo que la ciencia dice realmente sobre cada uno de ellos.
Mito 1: «La FIV aumenta el riesgo de cáncer»
Este es probablemente el miedo más extendido entre las mujeres que consideran una FIV. La preocupación se centra sobre todo en el cáncer de ovario y el de mama, dada la estimulación hormonal que implica el tratamiento. La respuesta que ofrece la evidencia acumulada en las últimas tres décadas es clara: no existe una asociación causal demostrada entre la FIV y el cáncer.
Los estudios con mayor seguimiento —algunos con más de 20 años de datos— muestran que las mujeres que se han sometido a FIV no tienen mayor incidencia de cáncer de ovario, mama o endometrio que las mujeres de características similares que no han recibido estos tratamientos. Es cierto que las mujeres con ciertos diagnósticos de base —como endometriosis o síndrome de ovario poliquístico— tienen por sí mismas un riesgo algo mayor de algunas neoplasias, pero ese riesgo no lo genera el tratamiento: está asociado a la enfermedad subyacente.
Mito 2: «Los bebés nacidos por FIV tienen más problemas de salud»
Desde el nacimiento de Louise Brown en 1978, más de 10 millones de personas han llegado al mundo gracias a la fecundación in vitro. Los estudios de seguimiento a largo plazo de estas personas son hoy muy numerosos, y sus conclusiones son tranquilizadoras: los bebés nacidos por FIV tienen una salud general estadísticamente equivalente a la de los concebidos de forma natural cuando se controlan las variables de confusión, como la edad materna o el embarazo múltiple.
El mayor riesgo real no está en la técnica en sí, sino en la transferencia de múltiples embriones, que genera embarazos gemelares o triples con mayor riesgo de prematuridad y bajo peso. Por eso la tendencia actual en medicina reproductiva es hacia la transferencia de un solo embrión en la mayoría de los casos, lo que reduce de forma muy significativa ese riesgo.
Mito 3: «Con donación de óvulos no será realmente mi hijo»
Este miedo, profundamente comprensible desde el punto de vista emocional, se apoya en una concepción de la maternidad centrada exclusivamente en la genética. Pero la biología nos dice que la maternidad tiene muchas más capas que el ADN.
La epigenética —el campo que estudia cómo el entorno modifica la expresión de los genes— ha demostrado que el útero materno no es un simple «contenedor». La madre gestante influye activamente en el desarrollo del bebé a través del entorno hormonal, la microbiota, la nutrición y el estrés. El feto aprende a reconocer la voz, el ritmo cardíaco y los olores de quien lo gesta. Los vínculos que se establecen durante el embarazo son tan reales como los genéticos.
Además, el vínculo afectivo que se construye tras el nacimiento —el apego— no depende del ADN compartido. La maternidad es, en su dimensión más profunda, un acto de presencia y cuidado.
Mito 4: «La FIV siempre funciona al primer intento»
Este mito, alimentado por expectativas poco realistas, puede hacer mucho daño. La realidad es que las tasas de éxito de la FIV dependen de múltiples factores, y que el primer intento no siempre resulta en un embarazo. En mujeres menores de 35 años con óvulos propios y buena reserva ovárica, la tasa de embarazo evolutivo por transferencia de embrión único en blastocisto se sitúa entre el 40 y el 50% en centros de referencia. En mujeres de 40-42 años con óvulos propios, ese porcentaje cae al 15-20%. Con ovodonación las tasas mejoran notablemente, situándose por encima del 50% independientemente de la edad de la receptora.
Esto significa que la FIV no es una garantía, sino una herramienta con probabilidades reales que varían según el caso. La honestidad sobre las expectativas es parte del cuidado médico.
Mito 5: «Con 45 años puedo hacer FIV con mis propios óvulos»
Técnicamente, es posible intentarlo. Pero los datos son muy claros: a los 45 años, la reserva ovárica es en la mayoría de los casos muy baja, y la calidad ovocitaria —medida en términos de aneuploidías, es decir, embriones con número anormal de cromosomas— es muy elevada. La tasa de nacido vivo con óvulos propios a los 45 años en ciclos de FIV es inferior al 3-5% en la mayoría de las series publicadas, incluso en los mejores centros.
Esto no significa que no haya excepciones. Hay mujeres de 45 años con reserva ovárica sorprendentemente buena. Pero la excepción no es la norma, y basar una decisión reproductiva en ella puede prolongar el tiempo hasta conseguir un embarazo con una opción más eficaz —la ovodonación— de forma innecesaria. Informar de esto con claridad no es cruel: es respetuoso con el tiempo y el proyecto de vida de las pacientes.
Si quieres profundizar en este tema, consulta nuestra guia sobre reproduccion asistida.
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