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En los últimos cuarenta años, la concentración de espermatozoides en el semen de los hombres occidentales ha caído de forma constante y estadísticamente significativa. Los estudios más citados al respecto, como el metaanálisis publicado en 2017 en Human Reproduction Update por Levine y colaboradores, documentaron una reducción de más del 50% en la concentración espermática entre 1973 y 2011 en hombres de Europa, América del Norte y Australia. Una caída de esa magnitud en apenas cuatro décadas no puede explicarse por factores genéticos. Algo en el entorno ha cambiado.

Paralelamente, los estudios epidemiológicos apuntan a un aumento de las tasas de endometriosis, síndrome de ovario poliquístico y fallo ovárico prematuro en mujeres jóvenes, aunque establecer una relación causal directa con la contaminación ambiental es metodológicamente complejo. Lo que sí está bien documentado es que determinadas sustancias químicas presentes en el entorno cotidiano —los llamados disruptores endocrinos— son capaces de interferir con el sistema hormonal humano de formas que pueden afectar negativamente a la reproducción.

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Hablar de contaminación ambiental y fertilidad no es alarmismo ni pseudociencia. Es una línea de investigación activa, respaldada por instituciones como la OMS, la Endocrine Society o la Sociedad Europea de Reproducción Humana y Embriología, y cuyos hallazgos tienen implicaciones prácticas reales para la salud reproductiva de la población.

Qué son los disruptores endocrinos y dónde están

Los disruptores endocrinos son sustancias químicas, de origen natural o artificial, capaces de imitar, bloquear o alterar las señales que las hormonas del organismo transmiten a sus receptores. Algunos actúan como estrógenos falsos, otros bloquean los andrógenos, otros interfieren con la hormona tiroidea. Sus efectos dependen de la dosis, del momento de exposición —el período fetal y la infancia son especialmente vulnerables— y de la combinación con otras sustancias.

Los más estudiados en relación con la fertilidad son el bisfenol A, conocido como BPA, presente en plásticos rígidos y en el recubrimiento interno de latas de conserva; los ftalatos, utilizados como plastificantes en PVC, juguetes, envases alimentarios y cosméticos; los pesticidas organoclorados y organofosforados, utilizados en agricultura; las dioxinas y los bifenilos policlorados, que persisten en el medioambiente durante décadas; y las perfluoroalquiladas, presentes en envases de comida rápida, ropa impermeable y utensilios de cocina antiadherentes.

El problema de estas sustancias es precisamente su ubicuidad: están en el aire que respiramos en ciudades con alta contaminación por tráfico, en el agua de algunos acuíferos, en los envases de los alimentos que consumimos, en los productos de cuidado personal que usamos cada día y en el polvo doméstico. Evitarlos completamente es prácticamente imposible, pero reducir la exposición de forma significativa sí está al alcance de la mayoría de las personas.

Qué dice la ciencia sobre su efecto en la fertilidad masculina y femenina

En los hombres, los disruptores endocrinos más estudiados son los que tienen actividad antiandrogénica o estrogénica. Los ftalatos, por ejemplo, han demostrado en estudios in vitro e in vivo capacidad para reducir la síntesis de testosterona en las células de Leydig del testículo, lo que puede traducirse en alteraciones de la espermatogénesis. El BPA se ha asociado en estudios observacionales con menor concentración espermática, reducción de la motilidad y mayor fragmentación del ADN espermático.

En las mujeres, la evidencia apunta hacia efectos sobre la calidad ovocitaria, la reserva ovárica y la función del endometrio. Estudios en pacientes de FIV han encontrado asociaciones entre niveles urinarios elevados de BPA y menor número de óvulos recuperados en la punción folicular, menor tasa de fertilización y peor calidad embrionaria. Los pesticidas organoclorados se han asociado con adelanto de la menopausia y con mayor riesgo de endometriosis.

En cuanto a la contaminación atmosférica, los estudios más recientes apuntan a que la exposición crónica a partículas finas y óxidos de nitrógeno —la contaminación típica del tráfico urbano— se asocia con peor calidad seminal, menor reserva ovárica y mayor tasa de aborto espontáneo. Un estudio chino publicado en 2020 encontró asociación entre la exposición a PM2.5 y la reducción de la reserva ovárica medida por hormona antimülleriana en mujeres jóvenes.

Qué puede hacer una persona para reducir su exposición

Aunque no es posible eliminar completamente la exposición a los disruptores endocrinos en el mundo moderno, sí existen medidas prácticas que pueden reducirla de forma relevante:

  • Reducir el uso de plásticos en contacto con alimentos, especialmente en caliente: no calentar comida en envases de plástico, sustituir botellas de plástico por vidrio o acero inoxidable, evitar el film plástico en el microondas.
  • Optar por alimentos frescos o de temporada frente a los envasados, y preferir productos de agricultura ecológica certificada cuando sea posible para reducir la exposición a pesticidas.
  • Revisar los ingredientes de los cosméticos y productos de higiene personal: evitar los que contengan parabenos, ftalatos o triclosán en sus etiquetas, consultando bases de datos como la de EWG Skin Deep.
  • Ventilar el hogar regularmente para reducir la concentración de compuestos orgánicos volátiles en el ambiente interior, que puede ser mayor que en el exterior en espacios cerrados.
  • Reducir el consumo de alimentos en envases de lata o en envases de plástico rígido con marcas de reciclado 3, 6 o 7, que tienen mayor probabilidad de contener BPA o ftalatos.

Ninguna de estas medidas garantiza resultados en términos de fertilidad, y es importante no caer en la culpabilización: la infertilidad tiene múltiples causas y los disruptores endocrinos son solo uno de los factores ambientales posibles. Pero adoptar estas precauciones forma parte de un estilo de vida que, en conjunto, cuida la salud hormonal y reproductiva.

Para mas informacion, visita nuestra guia sobre infertilidad en pareja.

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Equipo Editorial IMFER Blog

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Última revisión médica: 10 de mayo de 2026

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