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Entre las pruebas que se realizan durante el embarazo, la que más preguntas genera en las consultas obstétricas es probablemente el test de O’Sullivan. El nombre resulta poco familiar, el procedimiento —beber un líquido muy dulce y esperar una hora para una extracción de sangre— genera cierta aprensión, y el resultado positivo, cuando ocurre, suele desencadenar una alarma desproporcionada. Sin embargo, un resultado positivo en el O’Sullivan no significa tener diabetes gestacional: solo indica que hay que realizar una prueba adicional para confirmarlo o descartarlo.

La diabetes gestacional es una alteración del metabolismo de la glucosa que aparece o se detecta por primera vez durante el embarazo. No es diabetes preexistente que no se había diagnosticado, aunque a veces puede desenmascararla. Se produce porque la placenta genera hormonas que provocan resistencia a la insulina —la hormona que regula el azúcar en sangre— y el páncreas de algunas mujeres no es capaz de compensar esa resistencia con la producción de más insulina. El resultado es que los niveles de glucosa en sangre se elevan por encima de los valores normales.

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Conocer bien esta condición —cuándo se detecta, qué significa y cómo se maneja— es importante para todas las gestantes, pero especialmente para aquellas que han concebido mediante técnicas de reproducción asistida o que tienen síndrome de ovario poliquístico, dos situaciones que aumentan el riesgo de desarrollarla.

En qué consiste el test de O’Sullivan y cómo se interpreta

El test de O’Sullivan es una prueba de cribado, no de diagnóstico. Esa distinción es fundamental para entender qué significa un resultado positivo. El cribado está diseñado para identificar a las personas que tienen mayor probabilidad de padecer una condición, no para confirmar que la padecen. Por eso, un resultado positivo siempre requiere una prueba diagnóstica adicional.

La prueba consiste en la administración oral de 50 gramos de glucosa disuelta en agua. No requiere ayuno previo, aunque algunas unidades de obstetricia sí lo recomiendan para mejorar la sensibilidad de la prueba. Transcurrida una hora, se extrae una muestra de sangre venosa y se mide la concentración de glucosa. Si el resultado supera los 140 mg/dl —algunos centros usan el umbral de 130 mg/dl para aumentar la sensibilidad del cribado— se considera positivo y se indica la realización de una curva de glucemia.

La prueba se realiza de forma universal entre las semanas 24 y 28 de gestación, que es cuando la resistencia a la insulina inducida por la placenta alcanza su pico. En mujeres con factores de riesgo —obesidad previa, antecedentes familiares de diabetes tipo 2, diabetes gestacional en embarazos anteriores, síndrome de ovario poliquístico o edad mayor de 35 años— se puede realizar además en el primer trimestre.

La curva de glucemia: la prueba diagnóstica definitiva

Cuando el O’Sullivan es positivo, se realiza la prueba de tolerancia oral a la glucosa, también conocida como curva de glucemia o test de sobrecarga. Esta prueba sí requiere ayuno de al menos ocho horas. Se extrae una muestra de sangre basal, se administran 100 gramos de glucosa oral y se realizan extracciones adicionales a los 60, 120 y 180 minutos.

Los criterios diagnósticos más utilizados en España son los de Carpenter y Coustan, que establecen los siguientes umbrales: glucosa basal igual o superior a 95 mg/dl, a los 60 minutos igual o superior a 180 mg/dl, a los 120 minutos igual o superior a 155 mg/dl, y a los 180 minutos igual o superior a 140 mg/dl. Para el diagnóstico de diabetes gestacional se requiere que dos o más de estos valores estén elevados. Si solo uno está por encima del umbral, se habla de intolerancia a la glucosa en el embarazo, que también requiere seguimiento aunque el manejo es diferente.

La tasa de positividad del O’Sullivan que se confirma como diabetes gestacional en la curva de glucemia es aproximadamente del 20-30%, lo que significa que entre siete y ocho de cada diez mujeres con O’Sullivan positivo no tienen diabetes gestacional. Conocer este dato ayuda a manejar la ansiedad que genera el resultado del cribado.

Manejo y riesgos de la diabetes gestacional no tratada

La diabetes gestacional bien controlada no implica riesgos significativos para la madre ni para el bebé. La clave está en el control: mantener los niveles de glucosa dentro de los rangos recomendados durante el resto del embarazo. El tratamiento tiene tres pilares fundamentales.

El primero es la modificación de la dieta. El objetivo no es eliminar los hidratos de carbono, sino distribuirlos adecuadamente a lo largo del día y elegir fuentes de carbohidratos con bajo índice glucémico que no provoquen picos bruscos de glucosa. Generalmente se recomienda hacer cinco o seis comidas al día, reducir los azúcares simples y aumentar la fibra. La dietista-nutricionista especializada en diabetes gestacional es un recurso muy valioso en este proceso.

El segundo pilar es el ejercicio físico moderado. Caminar durante 30 minutos después de las comidas principales tiene un efecto demostrado sobre la reducción de la glucosa postprandial. El ejercicio aumenta la sensibilidad a la insulina y mejora el metabolismo de la glucosa sin ningún riesgo para el embarazo en ausencia de contraindicaciones obstétricas.

El tercer pilar, necesario en aproximadamente el 20-30% de las mujeres con diabetes gestacional cuando la dieta y el ejercicio no son suficientes, es la insulina. La insulina no cruza la placenta, es segura para el bebé y es altamente efectiva para normalizar los niveles de glucosa. Su uso no debe vivirse como un fracaso del tratamiento dietético: simplemente indica que la resistencia a la insulina en ese embarazo es más intensa de lo habitual.

Si la diabetes gestacional no se trata adecuadamente, los riesgos son reales. Para el bebé, el más conocido es la macrosomía —crecimiento excesivo— que ocurre porque el exceso de glucosa materna estimula la producción de insulina fetal, que actúa como hormona de crecimiento. Un bebé macrosómico tiene mayor riesgo de complicaciones en el parto y de hipoglucemia neonatal. Para la madre, el riesgo más importante es la preeclampsia y, a largo plazo, un mayor riesgo de desarrollar diabetes tipo 2 en los años siguientes al parto.

Por qué el síndrome de ovario poliquístico y la FIV aumentan el riesgo

Las mujeres con síndrome de ovario poliquístico tienen una resistencia a la insulina basal más elevada que la población general, independientemente de su peso. Esa resistencia preexistente hace que cuando la placenta añade su propia carga de hormonas antagonistas de la insulina, el páncreas tenga menos margen de compensación. Las estudios muestran que las mujeres con síndrome de ovario poliquístico tienen entre dos y tres veces más riesgo de desarrollar diabetes gestacional que las mujeres sin esa condición.

En cuanto a las gestaciones obtenidas mediante FIV, los datos son más matizados. Algunos estudios han encontrado un ligero aumento del riesgo de diabetes gestacional en gestaciones de FIV respecto a las espontáneas, aunque no siempre es posible separar el efecto de la técnica en sí misma del efecto de las características de la paciente —mayor edad, mayor prevalencia de síndrome de ovario poliquístico, mayor proporción de gestaciones múltiples— que son factores de riesgo independientes.

Lo que sí es claro es que la vigilancia debe ser más estrecha en estas poblaciones. Un cribado precoz —en el primer trimestre además del habitual en el segundo— y un seguimiento más frecuente de la glucemia son medidas razonables y recomendadas en las gestantes con FIV o síndrome de ovario poliquístico.

Si quieres profundizar en este tema, consulta nuestra guia sobre fertilidad y maternidad.

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Equipo Editorial IMFER Blog

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Última revisión médica: 10 de mayo de 2026

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