Fecundación in vitroMaternidad

Lo que yo quería era ser madre, no una mujer soltera

La protagonista de esta historia tiene 36 años, un hijo de dos y planes de quedarse embarazada próximamente a través de una fecundación in vitro.

Madre soltera
Ha cumplido 36 años y prefiere no dar datos que faciliten su identificación porque «la maternidad puede crearme problemas en el trabajo». Tiene un niño de dos años y ya busca el segundo. Cueste lo que cueste. Disfruta de una jornada laboral reducida y gana 600 euros brutos al mes. «Más las ayudas que concede el Gobierno autonómico cuando la unidad familiar no alcanza un mínimo de ingresos», puntualiza mientras revuelve el café con leche, con un álbum de fotos del crío sobre la mesa.

En total, percibe unos 1.000 euros mensuales. Y en eso se queda toda la economía doméstica, pues Miren (nombre ficticio) es madre soltera. Lo fue por inseminación artificial y, dentro de unos meses, espera quedarse embarazada por fecundación ‘in vitro’.

«¿Que igual tengo gemelos? Bueno, donde comen dos, comen tres. Eso no me preocupa. Siempre hay amigos que te pasan la ropa de los hijos; la guardería y el comedor me salen más baratos y tengo la suerte de que pago muy poquito del préstamo hipotecario». Miren medita mucho todo lo que hace pero, una vez que se decide, se mantiene firme hasta el final. No le hacen falta apoyos ni el hombro de nadie para llorar: va directa hacia la meta sin perder un segundo.

«Hice todos los trámites sin el conocimiento de mis padres. No lo creí necesario. Ellos no pidieron permiso a mis abuelos para tenerme a mí. Además, necesitaba tranquilidad… Sabía que mis padres, a los quince días, ya me preguntarían, ¿qué tal?, ¿estás embarazada?»

Un rosario de relaciones sentimentales frustradas -«de cinco o seis años cada una»- le han enseñado a seguir adelante sin mirar atrás. Siempre soñó con «una familia tradicional» pero no pudo ser. El tiempo pasaba y, al final, llegó a la conclusión de que «no podía dejar en manos de otra persona mis mayores ilusiones». En un principio, pensó en adoptar pero se encontró con tantas dificultades que desistió.

«La mayoría de los países se cierran en banda a las mujeres solas que presentan la solicitud. Vietnam creo que ya no nos admite, Panamá me parece que tampoco. ¿Ni siquiera China da facilidades!».

La razón principal es la prohibición, en esos estados, de la adopción por parte de gays y lesbianas; en la duda sobre la inclinación sexual del postulante niegan de entrada la adopción a título individual. Por eso no le quedaba más remedio que embarcarse en otra aventura: la reproducción asistida. No tenía otra salida, ya que «plantearme una noche loca para quedarme embarazada me parecía una irresponsabilidad». Ella quería medir todos sus pasos cuidadosamente. Aunque a veces, claro, sintiera algo de vértigo… «No conocía a nadie en mi misma situación y eso se hacía duro».

Tampoco había un compañero que le cogiera de la mano cada vez que salía de la consulta del médico; nadie que le diera ánimos cuando sacaba cuentas y miraba su cartilla de ahorros; ningún beso de consuelo por la noche. «Siempre estaba sola en las salas de espera. Entonces pensaba en lo distintas que eran las cosas a como las había imaginado…» Miren recorrió un sinfín de clínicas privadas hasta dar con la definitiva. Le gustó el ambiente, se podía permitir el precio de la inseminación artificial -«unos 1.500 euros»- y tras varios intentos hizo realidad su sueño. Ahora espera pasar en marzo por una fecundación ‘in vitro’ que cubrirá la Seguridad Social. Ella, que es hija única, quiere dar a su primogénito «todo lo que es importante en la vida». Un hermanito, por ejemplo.

-¿Y un padre no es importante?

-Si en el futuro tengo pareja, seré muy feliz de que forme parte de mi familia. Lo que yo quería era ser madre, no una mujer soltera. Las circunstancias me han llevado a esta situación. Yo no lo he buscado.

Fuente: Isabel Urrutia / El Diario Montañés

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