Hay un momento que muchas parejas recuerdan con precisión. Puede ser un domingo por la mañana, o al salir de trabajar un martes cualquiera, cuando alguien hace el cálculo en voz alta: «llevamos más de un año intentándolo». A veces no hay drama ni derrumbe inmediato. Solo una especie de pausa incómoda, el reconocimiento silencioso de que algo no está funcionando como debería. Esa conversación, esa pausa, es el punto de partida de miles de parejas que cada año llegan a clínicas de fertilidad en toda España, muchas de ellas convencidas de que el problema es de ella, o de él, o de los dos, sin saber todavía que la infertilidad rara vez tiene una única causa ni un único rostro.
Lo que vemos en consulta cada semana es casi siempre lo mismo: parejas que han esperado demasiado tiempo antes de consultar, que han acumulado meses de angustia callada, que han buscado respuestas en foros y han llegado con teorías a medio construir. Y también parejas que, al contrario, se alarman tras el primer mes sin éxito y necesitan que alguien les diga que la biología tiene sus propios tiempos. La infertilidad afecta, según los últimos datos de la Organización Mundial de la Salud publicados en 2023, a 1 de cada 6 parejas en edad reproductiva en todo el mundo. No es una rareza. No es una condena. Pero sí es algo que merece atención médica seria, sin esperas innecesarias y sin prejuicios.
Esta página está pensada para esas parejas que están empezando a preguntarse si deberían pedir cita. Para quienes quieren entender qué puede estar pasando antes de sentarse frente a un especialista. Para quienes necesitan vocabulario, datos reales y, sobre todo, honestidad sobre lo que la medicina puede y no puede hacer. No es un sustituto de la consulta —nada lo es—, pero sí puede ser el primer paso para llegar a ella con más claridad y menos miedo.
Esterilidad e infertilidad: ¿son lo mismo?
Casi todo el mundo usa estas dos palabras como si fueran intercambiables. No lo son, y la distinción no es un tecnicismo sin importancia: afecta al diagnóstico, al pronóstico y, sobre todo, a cómo una pareja entiende su propia situación. Esterilidad es la incapacidad de lograr un embarazo tras un año de relaciones sexuales regulares sin uso de métodos anticonceptivos. Infertilidad, en cambio, hace referencia a la incapacidad de llevar un embarazo a término: la mujer se queda embarazada, pero el embarazo no prospera, ya sea por abortos de repetición o por pérdidas perinatales. Son dos realidades médicamente distintas, aunque en la práctica clínica —y en el lenguaje cotidiano— el término «infertilidad» se ha convertido en el paraguas bajo el que caben ambas situaciones. En este texto usaremos ambos términos en su sentido más coloquial, pero conviene tener clara la diferencia cuando se habla con el médico, porque el estudio diagnóstico y el abordaje terapéutico pueden diferir sustancialmente.
La Sociedad Española de Fertilidad (SEF) define la esterilidad primaria como aquella que afecta a parejas que nunca han logrado un embarazo, y la esterilidad secundaria como la que aparece tras haber tenido uno o más embarazos previos, independientemente de si llegaron a término. Esta distinción también tiene relevancia clínica, porque las causas más frecuentes no son exactamente las mismas en un caso y en otro. Una pareja con esterilidad secundaria, por ejemplo, puede llevar detrás un aborto, una infección pélvica no tratada correctamente, o simplemente el paso del tiempo y el deterioro natural de la reserva ovárica.
Dato clave: Según la OMS (2023), 1 de cada 6 personas en edad reproductiva en el mundo se ve afectada por la infertilidad a lo largo de su vida. En Europa, la prevalencia de esterilidad en parejas que buscan gestación activamente ronda el 15-17%.
Existe también otro error conceptual frecuente: creer que «no poder tener hijos» es siempre una situación binaria, absoluta, sin matices. La realidad es mucho más gradual. Muchas parejas con un diagnóstico de esterilidad logran finalmente el embarazo con ayuda médica. Otras, con un pronóstico aparentemente bueno, necesitan varios ciclos de tratamiento. Y otras, con factores desfavorables, consiguen embarazo espontáneo. La biología humana no funciona con certezas absolutas, y los especialistas en reproducción asistida trabajan con probabilidades, no con garantías. Entender esto desde el principio ayuda a gestionar mejor las expectativas y el inevitable estrés del proceso.
¿Cuándo hay que consultar al especialista?
La regla del «año intentándolo» está tan arraigada en el imaginario colectivo que muchas parejas la asumen como una ley universal. No lo es. Es una orientación general válida para mujeres menores de 35 años, en buena salud, sin factores de riesgo conocidos. Pero hay situaciones en las que esperar un año no solo es innecesario, sino directamente contraproducente. En mujeres mayores de 35 años, los protocolos clínicos de referencia, tanto de la SEF como de la American Society for Reproductive Medicine (ASRM), recomiendan consultar tras solo seis meses de intentos sin éxito. Y si la mujer tiene más de 40 años, la consulta debería ser prácticamente inmediata, incluso antes de empezar a intentarlo, para conocer el estado de la reserva ovárica y planificar con tiempo.
Atención: Si tienes más de 35 años, no esperes un año. Seis meses de intentos sin embarazo ya justifican una valoración especializada. La reserva ovárica disminuye con la edad y el tiempo juega un papel decisivo en los resultados del tratamiento.
Más allá de la edad, hay otros motivos para consultar antes de ese año. Ciclos menstruales muy irregulares o ausentes son una señal de que la ovulación puede no estar produciéndose con normalidad. Antecedentes de infecciones de transmisión sexual no tratadas, como una clamidia que pudo haber pasado inadvertida, aumentan el riesgo de daño tubárico. Una endometriosis diagnosticada previamente, o síntomas sugestivos de ella —dolor pélvico intenso, dismenorrea severa, dispareunia—, también aconsejan no demorar la consulta. Lo mismo ocurre si el hombre ha tenido una orquitis, una torsión testicular, una varicocele conocida o cirugía previa en la zona inguinal o escrotal. Y, por supuesto, si ha habido más de dos abortos espontáneos, la evaluación de ambos miembros de la pareja es urgente.
Cuando una pareja llega a IMFER después de un año intentándolo —o de seis meses, si hay factores de riesgo—, lo primero que hacemos no es lanzarnos a pedir pruebas. Es escuchar. La historia clínica de ambos miembros de la pareja, sus antecedentes, sus hábitos, su contexto, es la pieza de información más valiosa con la que cuenta el especialista antes de ordenar cualquier estudio. El diagnóstico en fertilidad no es una carrera de velocidad. Es un proceso sistemático que conviene hacer bien desde el principio para no dar palos de ciego ni someter a las parejas a pruebas o tratamientos que no corresponden a su situación real.
Consejo: Lleva a tu primera consulta toda la información que tengas: ciclos menstruales anotados, resultados de analíticas previas, informes de ecografías y, si el hombre ha tenido algún seminograma hecho, también ese resultado. Cuanta más información tengas disponible, más ágil y preciso será el estudio inicial.
Las causas más frecuentes en la mujer
El factor femenino está implicado en aproximadamente el 35-40% de los casos de esterilidad diagnosticada en pareja. No es el único factor —ni el más frecuente, si sumamos todas las combinaciones posibles—, pero sí es el que suele estudiarse con más detalle porque las causas son más variadas y algunas requieren pruebas más complejas. Las cuatro grandes categorías son los problemas ovulatorios, el factor tubárico y la endometriosis, la reserva ovárica relacionada con la edad, y las alteraciones uterinas.
Problemas ovulatorios: el síndrome de ovario poliquístico y otros trastornos
Sin ovulación no hay fertilización posible. Los trastornos que interfieren en la liberación del óvulo son responsables de alrededor del 25-30% de los casos de esterilidad femenina, según datos de la SEF. El más frecuente con diferencia es el síndrome de ovario poliquístico (SOP), que afecta entre el 8 y el 13% de las mujeres en edad reproductiva a nivel mundial, aunque las estimaciones varían porque el diagnóstico sigue siendo complejo y está probablemente infradiagnosticado. El SOP no significa que los ovarios no funcionen: significa que su funcionamiento es irregular, que la ovulación no se produce de manera predecible —o a veces no se produce en absoluto durante ciclos enteros— y que hay un contexto hormonal caracterizado por exceso de andrógenos que puede manifestarse de formas muy diversas: acné, hirsutismo, irregularidad menstrual o simplemente ciclos más largos de lo habitual.
Pero el SOP no es el único culpable. La insuficiencia lútea, la hiperprolactinemia —cuando la hormona prolactina está elevada, generalmente por un adenoma hipofisario benigno—, los trastornos tiroideos, o la insuficiencia ovárica prematura son otras causas de anovulación o disovulación que el estudio hormonal debe descartar. Muchas de estas alteraciones tienen tratamiento específico y eficaz, y conseguir ovulaciones regulares es con frecuencia el primer paso, y a veces el único necesario, para lograr un embarazo.
Factor tubárico y endometriosis: obstáculos en el camino
Las trompas de Falopio no son simples conductos pasivos. Son estructuras activas, dotadas de cilios y con una función que va mucho más allá del transporte: participan en la captación del óvulo, en la capacitación espermática y en el desarrollo inicial del embrión antes de que llegue al útero. Cuando las trompas están dañadas —obstruidas, adheridas, desestructuradas— el encuentro entre espermatozoide y óvulo se convierte en una misión imposible, o en algo peor: aumenta el riesgo de embarazo ectópico, una situación de urgencia médica que puede comprometer la vida de la mujer.
El daño tubárico puede tener múltiples orígenes. Las infecciones pélvicas, especialmente las producidas por clamidia y gonorrea, son una causa frecuente que a menudo pasa desapercibida porque muchas de estas infecciones cursan de forma silente. La endometriosis es otro factor tubárico de primera magnitud, aunque su impacto sobre la fertilidad no se limita a las trompas. La endometriosis —la presencia de tejido endometrial fuera del útero— afecta a aproximadamente el 10% de las mujeres en edad fértil. De ellas, entre el 35 y el 50% presentan dificultades para concebir, según los datos más sólidos de la literatura científica. La relación entre endometriosis e infertilidad es compleja: la enfermedad puede afectar a la calidad ovocitaria, al entorno peritoneal, a la receptividad endometrial y, en los estadios más avanzados, a la anatomía pélvica de forma severa.
Dato clave: La endometriosis afecta al 10% de las mujeres en edad fértil. Entre ellas, hasta el 50% tienen problemas de fertilidad. Muchas llevan años con síntomas como dolor menstrual intenso sin haber recibido un diagnóstico.
El diagnóstico definitivo de la endometriosis sigue siendo quirúrgico —requiere laparoscopia—, aunque la ecografía transvaginal realizada por manos expertas puede detectar endometriomas ováricos y formas profundas con bastante precisión. La resonancia magnética aporta información adicional en casos complejos. Lo que hay que subrayar es que muchas mujeres llegan a la consulta de fertilidad habiendo convivido años con un dolor menstrual que su entorno, y a veces también sus médicos, normalizaron como algo inevitable. El diagnóstico tardío de endometriosis es uno de los problemas más extendidos en ginecología reproductiva en España.
Reserva ovárica y edad: la variable que no espera
La mujer nace con todos los óvulos que tendrá a lo largo de su vida. No se producen nuevos. Esa reserva, que al nacer es de alrededor de un millón de ovocitos, va disminuyendo de forma continua e irreversible desde la pubertad. A los 37 años, la reserva media es ya significativamente inferior a la de los 25, y a partir de los 38 la caída se acelera de manera que incluso pequeñas diferencias de tiempo importan mucho. Pero lo que mide la reserva ovárica no es solo la cantidad: también refleja, en cierta medida, la calidad. Y es la calidad ovocitaria la que determina en gran parte la probabilidad de que un embrión sea cromosómicamente normal y capaz de implantarse y desarrollarse correctamente.
La reserva ovárica se evalúa fundamentalmente a través de dos marcadores: la hormona antimülleriana (AMH), que se puede medir en cualquier momento del ciclo, y el recuento de folículos antrales (RFA) mediante ecografía transvaginal al inicio del ciclo. La FSH (hormona folículo estimulante) basal y el estradiol completan el perfil. Ninguno de estos marcadores es un oráculo: una AMH baja no significa que el embarazo sea imposible, pero sí que el tiempo es un factor crítico y que la respuesta a la estimulación ovárica puede ser limitada. Una AMH en rango normal en una mujer de 38 años sigue siendo una buena noticia, pero no elimina el factor edad como variable relevante.
Alteraciones uterinas: cuando el problema está en la implantación
El útero puede presentar alteraciones que dificultan la implantación del embrión aunque la concepción haya tenido lugar. Los miomas —tumores benignos del músculo uterino— son muy frecuentes en mujeres en edad reproductiva, pero no todos afectan a la fertilidad de la misma manera. Los miomas submucosos, los que protruyen hacia la cavidad uterina, son los más problemáticos; los intramurales grandes también pueden comprometer la receptividad; los subserosos raramente interfieren con la implantación. Los pólipos endometriales son otra causa frecuente de fallo implantatorio y aborto de repetición: son proliferaciones benignas de la mucosa uterina que en muchos casos no dan síntoma alguno y se descubren en la ecografía del estudio básico.
El útero septo —una malformación congénita en la que un tabique fibroso divide total o parcialmente la cavidad uterina— es la anomalía müleriana más frecuente y una de las causas más identificables de aborto de repetición. Las sinequias uterinas, adherencias dentro de la cavidad fruto de cirugías o legrados previos, también pueden comprometer tanto la implantación como la evolución del embarazo. La histeroscopia diagnóstica, una técnica mínimamente invasiva, permite explorar la cavidad uterina con gran precisión y, en muchos casos, resolver en el mismo acto los problemas que se encuentren.
Las causas en el hombre: el gran olvidado
Aquí hay que decirlo con claridad, porque es uno de los datos más contraintuitivos y más relevantes de toda la medicina reproductiva: el factor masculino está implicado en el 40-50% de los casos de esterilidad en pareja, según datos consolidados de la OMS. No en el 10%. No en el 20%. En prácticamente la mitad. Y sin embargo, cuando una pareja empieza a sospechar que algo no va bien, la presión recae de manera desproporcionada sobre la mujer. Es ella quien siente que debe ir al médico, quien teme que le encuentren algo, quien se somete primero a pruebas. El hombre queda con frecuencia en un segundo plano, como si su aportación a la ecuación reproductiva fuera accesoria.
Dato clave: El factor masculino está presente en el 40-50% de los casos de esterilidad en pareja (OMS). Estudiar al hombre desde el principio no es opcional: es imprescindible.
El estigma que rodea a la infertilidad masculina es particularmente resistente. En muchas culturas, la capacidad reproductiva del hombre se asocia erróneamente con la virilidad, la masculinidad y la potencia sexual. Ninguna de esas asociaciones tiene base biológica. Un hombre puede tener una vida sexual activa y satisfactoria con una función eréctil perfecta y al mismo tiempo presentar una alteración severa en sus espermatozoides. Eyacular no es lo mismo que ser fértil. Este punto, que parece obvio cuando se escribe en blanco y negro, no está todavía suficientemente interiorizado, y hay hombres que llegan a la consulta resistiéndose al análisis de semen como si el resultado pudiera cuestionar algo más que sus espermatozoides.
Alteraciones en el seminograma: lo que revela el análisis de semen
El seminograma —análisis básico del semen— es la prueba de referencia para evaluar el factor masculino. Se realiza tras entre dos y cinco días de abstinencia sexual y permite analizar parámetros fundamentales: el volumen del eyaculado, la concentración de espermatozoides por mililitro, la motilidad —cuántos se mueven y cómo—, la morfología —qué porcentaje tiene una forma normal según los criterios estrictos de Kruger— y la vitalidad. Los valores de referencia actuales son los establecidos por la OMS en su quinta edición del manual de laboratorio (2021), que han rebajado algunos umbrales respecto a ediciones anteriores, lo que en la práctica significa que algunos hombres que antes eran clasificados como normales hoy pueden quedar en zona limítrofe, y viceversa.
Las alteraciones más frecuentes del seminograma reciben nombres específicos: oligozoospermia (concentración baja de espermatozoides), astenozoospermia (motilidad reducida), teratozoospermia (morfología alterada) y, frecuentemente, combinaciones de las tres —la llamada OAT— que configuran el patrón más habitual de factor masculino moderado. Las causas pueden ser muy variadas: varicocele —la dilatación varicosa de las venas del testículo, que es la causa anatómica más frecuente y corregible—, infecciones urogenitales pasadas, alteraciones hormonales, exposición a tóxicos como el tabaco o ciertos disolventes, temperatura escrotal elevada por trabajo sedentario o uso habitual de ropa muy ajustada, o simplemente factores idiopáticos sin causa identificable.
Azoospermia: cuando no hay espermatozoides
La azoospermia —ausencia completa de espermatozoides en el eyaculado— afecta aproximadamente al 1% de los hombres en general y a alrededor del 10-15% de los varones que consultan por infertilidad. Es quizás el diagnóstico que más impacto emocional genera, porque parece definitivo. No siempre lo es. La azoospermia puede ser obstructiva —el testículo produce espermatozoides normalmente, pero hay un bloqueo en algún punto de las vías seminales que impide que lleguen al eyaculado— o no obstructiva —el testículo en sí mismo produce muy pocos espermatozoides o ninguno—. Esta distinción es crucial porque en la azoospermia obstructiva la recuperación de espermatozoides directamente del epidídimo o del testículo mediante técnicas como el TESE o el PESA es posible en la gran mayoría de los casos, y esos espermatozoides pueden usarse en un ciclo de FIV-ICSI con buenos resultados.
En la azoospermia no obstructiva el panorama es más complejo, pero tampoco es una vía muerta absoluta. La biopsia testicular diagnóstica y terapéutica puede encontrar focos de espermatogénesis en algunos casos, incluso cuando la producción general está muy comprometida. El estudio genético es imprescindible en estos pacientes: las microdeleciones del cromosoma Y y las alteraciones en el gen CFTR —asociado a fibrosis quística— son hallazgos frecuentes que tienen implicaciones tanto para el tratamiento como para el consejo genético de la pareja.
El estudio básico de fertilidad: qué pruebas se hacen
El estudio de fertilidad de una pareja no es una única prueba ni un procedimiento estandarizado que sea igual en todos los centros y para todos los pacientes. Es un proceso en el que la historia clínica guía qué pruebas son necesarias, en qué orden y con qué urgencia. Dicho esto, hay un conjunto de exploraciones que forman parte del estudio inicial en prácticamente todos los casos, y que en conjunto dan una imagen bastante completa de los factores que pueden estar influyendo.
En la mujer, la analítica hormonal basal —FSH, LH, estradiol, AMH, TSH y prolactina, como mínimo— es el primer paso. Se complementa con una ecografía transvaginal que permite ver el útero, los ovarios, el recuento de folículos antrales y detectar quistes, miomas o imágenes sugestivas de endometriosis. La permeabilidad tubárica se evalúa habitualmente mediante histerosalpingografía (HSG), una técnica de radiología que consiste en introducir contraste a través del cuello uterino y verificar que pasa a través de las trompas; en algunos casos se prefiere la sonohisterografía con contraste o directamente la laparoscopia diagnóstica cuando hay sospecha clínica de patología pélvica significativa. La histeroscopia diagnóstica se realiza cuando hay sospecha de patología intrauterina.
En el hombre, el punto de partida es siempre el seminograma. Si el resultado es normal, con frecuencia no son necesarias más exploraciones del factor masculino; si hay alteraciones, el urólogo o andrólogo valorará si se requiere análisis hormonal, ecografía testicular o estudio genético. El cariotipo de ambos miembros de la pareja se solicita en casos seleccionados: abortos de repetición, azoospermia, o cuando el estudio básico sugiere una posible causa genética. No es una prueba rutinaria del estudio inicial.
Consejo: El estudio de fertilidad es de la pareja, no solo de la mujer. El seminograma debe hacerse desde el principio, en paralelo al estudio femenino. Hacerlo en diferido alarga el proceso innecesariamente y puede llevar a someter a la mujer a pruebas que no estarían indicadas si antes se hubiera detectado un factor masculino.
Del diagnóstico al tratamiento: ¿cuál es el camino?
Una de las preguntas que más se repiten en la primera visita es directa y comprensible: «¿Tendremos que hacer FIV?». La respuesta honesta es: depende. Y depende de muchas cosas que solo se pueden valorar después de completar el estudio. No todos los casos de esterilidad requieren los tratamientos más complejos. De hecho, una parte importante de las parejas que consultan resuelven su problema con medidas menos invasivas: corrección de un problema ovulatorio con medicación, cirugía para extirpar un pólipo o un mioma submucoso, tratamiento de una infección, o simplemente inseminación artificial cuando los factores son favorables y el tiempo todavía juega a favor.
La inseminación artificial intrauterina (IAI) es el primer escalón terapéutico en muchos casos. Consiste en depositar en el momento de la ovulación una muestra de semen procesada directamente dentro del útero, mejorando las probabilidades de encuentro entre espermatozoides y óvulo. Sus tasas de éxito por ciclo son modestas —en torno al 10-15% en condiciones ideales—, pero al ser un procedimiento sencillo, poco invasivo y con escasos efectos secundarios, se suele plantear como primera opción cuando el factor masculino es leve o moderado, las trompas están permeables y la reserva ovárica es aceptable. Generalmente se realizan entre tres y cuatro ciclos antes de plantearse un escalón superior.
La fecundación in vitro (FIV) entra en escena cuando la inseminación no ha funcionado, cuando los factores son más desfavorables desde el inicio —trompas dañadas, factor masculino severo, reserva ovárica baja, edad avanzada—, o cuando hay indicación directa como la azoospermia o la necesidad de diagnóstico genético preimplantacional. La FIV convencional y la FIV con ICSI —microinyección espermática— son técnicas distintas, aunque comparten el grueso del proceso: estimulación ovárica, punción folicular para recuperar los ovocitos, fecundación en laboratorio, cultivo embrionario y transferencia al útero. Las tasas de éxito dependen fundamentalmente de la edad de la mujer y de la calidad embrionaria, y en ningún caso son del 100% por ciclo.
Orientar a una pareja hacia el tratamiento adecuado no es solo una decisión técnica. Es también una conversación sobre expectativas, sobre tiempos, sobre el coste —económico y emocional— que cada opción implica. En IMFER trabajamos con la convicción de que cada pareja merece un plan adaptado a su situación real, no un protocolo genérico. A veces eso significa empezar despacio. A veces significa actuar con decisión desde el principio. El criterio clínico, apoyado en evidencia, es la brújula.
El impacto psicológico de la infertilidad
Se habla poco de esto, y sin embargo es uno de los aspectos que más condiciona la experiencia de las parejas que atraviesan un proceso de esterilidad. El impacto psicológico de la infertilidad es real, documentado y significativo. Estudios publicados en revistas como Human Reproduction muestran que las mujeres en tratamiento de fertilidad presentan niveles de ansiedad y depresión comparables a los de pacientes con enfermedades crónicas graves como el cáncer o la enfermedad cardíaca. No es una exageración. Es lo que miden las escalas validadas cuando se les pregunta a estas mujeres —y a muchos hombres— cómo están.
El proceso tiene su propio ciclo emocional, que muchas parejas describen de forma muy similar aunque lleguen de situaciones diferentes. Hay una fase inicial de negación o incredulidad —«seguro que el mes que viene»—, seguida de una creciente ansiedad cuando los meses pasan sin resultado. Después viene la consulta, el estudio, quizás el diagnóstico de una causa concreta —que puede ser un alivio relativo, porque al menos hay algo que nombrar— o la ausencia de diagnóstico, que a veces es todavía más difícil de procesar. Los tratamientos traen su propio calendario de esperanza e incertidumbre: la espera de resultados de seminograma, de niveles hormonales, de ecografías de seguimiento, del resultado de la prueba de embarazo, del latido en la primera ecografía. Cada hito es una montaña rusa que se repite ciclo tras ciclo.
El estigma social añade una capa adicional de dificultad. La presión de familiares y amigos —a menudo bienintencionada pero intrusiva— con preguntas sobre «para cuándo el bebé», los comentarios sobre relajarse o «no pensar tanto», la invasión de intimidad que supone tener que explicar o esconder lo que está pasando. Muchas parejas optan por el silencio, lo que las priva del apoyo que podrían recibir de su entorno. Otras comparten demasiado pronto y luego se ven atrapadas en actualizaciones constantes sobre su proceso. No hay una forma correcta de gestionar esto, pero sí hay algo claro: el apoyo psicológico especializado marca una diferencia real tanto en el bienestar de la pareja como, según algunos estudios, en los resultados de los tratamientos.
Consejo: Pedir apoyo psicológico durante un proceso de fertilidad no es un signo de debilidad. Es una decisión inteligente. La psicóloga especializada en reproducción asistida conoce las particularidades de este proceso y puede ayudar a la pareja a atravesarlo con más recursos y menos desgaste.
El impacto en la pareja como unidad también merece atención. La infertilidad puede unir o desgastar, dependiendo de cómo se gestione la comunicación, el reparto emocional de la carga y la capacidad de mantener una relación que no gire exclusivamente alrededor de los tratamientos. Los hombres y las mujeres suelen gestionar el duelo reproductivo de forma diferente —los hombres tienden a la acción y la búsqueda de soluciones, las mujeres a verbalizar más— y esas diferencias de estilo pueden crear fricción si no hay un espacio para hablarlas. La terapia de pareja, o simplemente el apoyo de un psicólogo individual, puede ser el espacio que permita procesar todo esto sin que la relación se convierta en otra víctima del proceso.
Preguntas frecuentes
¿Cuánto tiempo hay que intentarlo antes de consultar a un especialista?
En mujeres menores de 35 años y sin factores de riesgo conocidos, la recomendación general es consultar tras un año de relaciones regulares sin método anticonceptivo y sin embarazo. En mujeres de 35 a 39 años, ese plazo se reduce a seis meses. A partir de los 40, la valoración debería ser prácticamente inmediata. Si hay antecedentes de ciclos irregulares, endometriosis, infecciones pélvicas, abortos previos o factor masculino conocido, tampoco tiene sentido esperar un año independientemente de la edad.
¿La infertilidad se hereda?
Algunas causas de infertilidad tienen un componente genético documentado. El síndrome de ovario poliquístico, por ejemplo, tiene una tendencia familiar. Las microdeleciones del cromosoma Y en el factor masculino severo se transmiten de padres a hijos varones, lo que tiene implicaciones que el especialista debe explicar cuando se van a usar esos espermatozoides en un tratamiento. Otras causas —como las adherencias por infección o la endometriosis severa— no son hereditarias en sentido estricto, aunque la endometriosis sí tiene un componente familiar reconocido. El consejo genético forma parte de la atención integral en los casos donde esto es relevante.
¿El estrés causa infertilidad?
Esta es quizás la pregunta con más carga de culpa detrás. La respuesta breve es: el estrés no causa infertilidad en el sentido de ser su origen. El estrés crónico sí puede afectar a la función ovulatoria en casos extremos —como en los atletas de élite o en personas con trastornos severos de la alimentación— pero no es el responsable de la mayor parte de los diagnósticos de esterilidad. Lo que sí hace el estrés es empeorar el bienestar general, dificultar la adherencia a los tratamientos y aumentar el impacto emocional del proceso. Por eso gestionarlo bien tiene valor, aunque no sea la solución médica al problema de fertilidad.
¿Un seminograma normal garantiza que el hombre es fértil?
Un seminograma con parámetros dentro de los valores de referencia de la OMS indica que no hay alteraciones evidentes en los parámetros básicos analizados. Pero no es una garantía absoluta de fertilidad: hay casos de factor masculino en los que los parámetros clásicos son normales y sin embargo existen alteraciones en la fragmentación del ADN espermático, en la función espermática o en otros parámetros que el seminograma estándar no mide. Si hay dudas o el contexto clínico lo justifica, el andrólogo puede indicar estudios complementarios.
¿Cuántos ciclos de FIV se necesitan normalmente?
No hay un número estándar. Las tasas de éxito acumuladas —es decir, la probabilidad de embarazo sumando varios ciclos— son significativamente más altas que la tasa de éxito de un ciclo aislado. En general, los protocolos contemplan entre dos y cuatro ciclos antes de hacer una reevaluación global, aunque esto depende de la edad de la mujer, de la respuesta ovárica, de la calidad embrionaria y de otros factores. En mujeres jóvenes con buena reserva y embriones de buena calidad, el embarazo puede llegar en el primer ciclo. En otras situaciones, el proceso puede ser más largo. La honestidad sobre estas cifras es parte del trato que cualquier pareja merece recibir en la consulta.
¿Qué pasa si no encontramos ninguna causa? ¿Es posible quedarse embarazada así?
Sí. El diagnóstico de esterilidad de origen desconocido —o esterilidad sin causa aparente (ESCA)— representa entre el 10 y el 20% de los casos, según las series. Son parejas en las que el estudio completo no revela ninguna alteración identificable en ninguno de los dos miembros. Esto no significa que no haya nada: puede haber factores que los test actuales no miden con precisión, como problemas en la capacitación espermática dentro del tracto femenino, alteraciones sutiles en la implantación o factores inmunológicos. El manejo de estos casos suele empezar con inseminaciones y, si no hay respuesta, progresar a FIV, que permite evaluar directamente la fecundación y la calidad embrionaria en laboratorio.
¿Es verdad que si adoptáis, luego os quedáis embarazados?
Esta idea circula con notable persistencia y tiene un nombre en la literatura psicológica: el mito de la adopción como cura de la infertilidad. No tiene base científica. Las parejas que adoptan y posteriormente consiguen un embarazo espontáneo lo hacen con la misma frecuencia que las que no adoptan; lo que cambia es que cuando eso ocurre se recuerda, se cuenta, se convierte en historia. Los miles de casos en los que no ocurre nada de eso no se mencionan. Transmitir este mito a una pareja en proceso de tratamiento, aunque se haga con la mejor intención, puede ser doloroso y contraproducente.
Si lleváis tiempo intentándolo y queréis que un especialista evalúe vuestro caso, en IMFER podemos ayudaros desde el primer día.