Hay una pregunta que escuchamos casi cada día en consulta, formulada de maneras muy distintas pero con el mismo fondo de angustia y esperanza mezcladas: «¿Cree usted que la FIV funcionará en mi caso?». A veces la hace una mujer de 38 años que lleva dos años intentándolo de forma natural. Otras, una pareja joven a la que acaban de diagnosticar factor masculino severo y se sienten completamente desorientados. Lo que todas estas personas tienen en común es que han llegado hasta aquí después de un camino —a veces largo, a veces sorprendentemente corto— en el que las respuestas simples no han sido suficientes. La fecundación in vitro no es un último recurso ni una varita mágica: es una herramienta médica muy sofisticada que, cuando está bien indicada y bien ejecutada, transforma vidas.

En IMFER llevamos más de 30 años acompañando a familias murcianas —y de toda España— a lo largo de este proceso. Hemos visto cambiar la tecnología de forma radical: los laboratorios de hoy no tienen nada que ver con los de hace una década, los medios de cultivo embrionario han mejorado, la vitrificación ha cambiado las reglas del juego, y el diagnóstico genético preimplantacional ha abierto posibilidades que antes eran impensables. Pero lo que no ha cambiado es la pregunta de fondo, la que de verdad importa: ¿qué posibilidades tengo yo? Esa pregunta no tiene respuesta genérica. Depende de tu edad, de tu reserva ovárica, de los embriones que se consigan, del útero, del factor masculino, y de muchas variables más que solo se pueden valorar de forma individual. Pero sí hay datos, tendencias y contexto que ayudan a entender el panorama antes de la primera cita.

Lo que encontrarás en estas páginas no es un manual técnico ni un folleto comercial. Es la explicación que damos en consulta cuando disponemos de tiempo suficiente: el proceso real, las tasas de éxito con sus matices, los momentos que nadie anticipa, las preguntas que la gente no se atreve a hacer. Si estás considerando la FIV, si ya estás en medio de un ciclo o si simplemente quieres entender qué significa este tratamiento antes de dar ningún paso, aquí encontrarás respuestas honestas.

¿Qué es exactamente la FIV?

Cuando las parejas llegan a consulta y pronuncian las siglas FIV, a menudo lo hacen con una mezcla de respeto y cierto temor, como si estuvieran hablando de algo enormemente complicado o invasivo. La realidad es que el concepto central es sorprendentemente directo: se trata de facilitar la unión entre óvulo y espermatozoide fuera del cuerpo —en un laboratorio especializado—, cultivar los embriones resultantes durante varios días y transferirlos al útero en el momento óptimo. La complejidad no está en la idea sino en la precisión que exige cada uno de esos pasos.

El nacimiento de Louise Brown en 1978, el primero conseguido mediante fecundación in vitro, fue un hito que la mayoría de la comunidad científica tardó en asumir como real. Desde entonces, más de nueve millones de niños han llegado al mundo gracias a esta técnica y sus variantes —una cifra que sigue creciendo y que convierte a la FIV en uno de los avances médicos más relevantes del siglo XX. En España, la Sociedad Española de Fertilidad (SEF) estima que se realizan más de 100.000 ciclos al año, lo que coloca al país entre los líderes europeos en medicina reproductiva.

Lo que distingue a la FIV de la inseminación artificial —la otra técnica que mucha gente conoce— es el lugar donde ocurre la fertilización. En la inseminación, los espermatozoides se depositan en el útero o en las trompas y el encuentro con el óvulo ocurre de forma natural, dentro del cuerpo. En la FIV, ese encuentro se produce en el laboratorio, bajo condiciones controladas, con incubadoras que replican la temperatura, el pH y la atmósfera gaseosa del cuerpo humano con una precisión milimétrica. Esta diferencia, que puede parecer menor, lo cambia todo: permite seleccionar los embriones más viables antes de la transferencia, congelar los que no se usan de inmediato y, si se combina con diagnóstico genético, detectar alteraciones cromosómicas antes de que el embarazo siquiera comience.

Dato clave: Más de 9 millones de niños han nacido en el mundo gracias a la FIV desde 1978. En España se realizan más de 100.000 ciclos al año, según la Sociedad Española de Fertilidad (SEF 2022).

Un matiz que muy poca gente conoce y que merece subrayarse: la FIV no evita los abortos espontáneos. Muchas parejas creen que, una vez conseguido el embarazo por FIV, el riesgo de pérdida desaparece. No es así. Los embriones obtenidos en laboratorio siguen sujetos a las mismas leyes biológicas que cualquier otro embarazo, y la tasa de aborto depende fundamentalmente de la calidad cromosómica del embrión —algo que la edad materna influye de forma determinante. El diagnóstico genético preimplantacional (DGP-A) puede reducir ese riesgo al seleccionar embriones euploides, pero tampoco es una garantía absoluta.

¿Cuándo está realmente indicada?

Una de las cosas que más valoramos en IMFER es no sobre-indicar. Hay clínicas que proponen FIV como primera línea ante cualquier consulta de fertilidad, y eso no es medicina, es comercio. La realidad es que la FIV tiene indicaciones precisas —bien establecidas por las guías de la ESHRE (Sociedad Europea de Reproducción Humana y Embriología)— y también situaciones en las que otros tratamientos menos agresivos deben probarse primero.

Las situaciones en que la FIV está claramente indicada como primera opción incluyen el factor tubárico bilateral —trompas de Falopio obstruidas o ausentes—, el factor masculino severo, la endometriosis avanzada con afectación ovárica o tubárica, y los casos en que se necesita diagnóstico genético preimplantacional por enfermedad hereditaria. También es la técnica de elección cuando la reserva ovárica es muy baja y el tiempo apremia, o cuando se han realizado varios ciclos de inseminación —generalmente entre tres y seis, según el contexto— sin resultado. En mujeres mayores de 40 años con buena reserva, muchos especialistas —nosotros entre ellos— evitamos perder tiempo con inseminaciones y vamos directamente a FIV porque cada mes cuenta.

Pero hay situaciones en que la FIV no es la respuesta adecuada, al menos no de entrada. Las parejas jóvenes —menores de 35 años— sin factor femenino aparente y con semen correcto deberían explorar primero si el problema está en la ovulación o en la reserva, e intentar ciclos estimulados con o sin inseminación. Una pareja con un año de búsqueda y estudios normales puede simplemente estar ante la ley de probabilidades: si todo funciona bien, la probabilidad de embarazo espontáneo en un ciclo es del 15-25%, lo que significa que incluso las parejas completamente fértiles pueden tardar meses. Y conviene recordar que la FIV tiene costes —económicos, físicos y emocionales— que no deben subestimarse.

Importante: La FIV no está indicada como primera opción en todos los casos de infertilidad. En parejas jóvenes sin factores específicos, los tratamientos menos invasivos —estimulación ovárica, inseminación— deben valorarse primero. La indicación adecuada es clave para no someter a las pacientes a más de lo necesario.

Existe también un grupo de situaciones en que la FIV se indica por razones que van más allá de la infertilidad clásica: mujeres con cáncer que quieren preservar su fertilidad antes de someterse a quimioterapia, parejas con enfermedades genéticas graves que quieren evitar transmitirlas, o personas sin pareja que desean ser madres o padres en solitario. La medicina reproductiva tiene cada vez más una dimensión de medicina de la familia que va mucho más allá de «no puedo quedarme embarazada».

El proceso paso a paso: qué esperar en cada fase

Una de las cosas que más angustia a quienes se enfrentan a su primer ciclo de FIV es no saber qué va a pasar, cuándo va a pasar y cómo van a sentirse. Lo que vemos en consulta es que la incertidumbre es, en muchos casos, más difícil de manejar que el proceso en sí. Por eso, a continuación describimos cada fase tal y como la vivimos con nuestras pacientes —no como un protocolo médico frío, sino como la experiencia real que es.

Estimulación ovárica controlada

El ciclo natural de una mujer produce, en condiciones normales, un único óvulo maduro al mes. Para la FIV necesitamos más: idealmente entre ocho y quince óvulos maduros, aunque la cifra óptima depende de la edad y de la reserva ovárica de cada paciente. Para conseguirlo, se administran durante aproximadamente diez o doce días hormonas —gonadotropinas, principalmente FSH con o sin LH— que estimulan a los ovarios a desarrollar varios folículos de forma simultánea. El proceso se monitoriza mediante ecografías transvaginales y analíticas de estradiol, generalmente cada dos o tres días, ajustando las dosis según la respuesta.

Esta fase es la que más visitas requiere y la que más protagonismo tiene en la experiencia cotidiana de las pacientes. Las inyecciones —que la mayoría aprende a ponerse sola en casa— generan cierta hinchazón abdominal y sensación de pesadez pélvica, que es completamente normal y esperable cuando los ovarios se agrandan. Lo que no es tan esperable, pero ocurre, es la montaña rusa emocional: la sensación de que todo el mes gira alrededor de la punción, la ansiedad ante cada ecografía, la ilusión y el miedo mezclados. Cuando una paciente nos dice «es que me parece que estoy obsesionada», nuestra respuesta habitual es que eso no es obsesión —es que el proceso te lo pide.

Consejo práctico: Durante la estimulación, evita el ejercicio físico intenso —especialmente los impactos y los giros bruscos— porque los ovarios están aumentados de tamaño y hay riesgo de torsión. Caminar o nadar suavemente está bien. Consulta con tu equipo antes de cualquier actividad que no sea tu rutina habitual.

Punción folicular

Cuando los folículos alcanzan el tamaño adecuado —entre 17 y 20 milímetros—, se administra la llamada «descarga de maduración» (habitualmente HCG o análogos de GnRH) y exactamente 36 horas después se realiza la punción folicular. Este procedimiento se hace bajo sedación —la paciente está dormida o muy relajada, sin sentir nada— y dura entre quince y treinta minutos. Un ginecólogo introduce una aguja fina a través de la pared vaginal, guiada por ecografía, y aspira el líquido de cada folículo. En ese líquido van, idealmente, los óvulos.

Lo que poca gente sabe antes de vivirlo es que el número de óvulos recuperados puede ser sensiblemente inferior al número de folículos visibles. Esto no es un fallo —es fisiología: no todos los folículos contienen un óvulo maduro, y no todos los óvulos son maduros en el momento de la punción. Ver en el informe «se han obtenido 8 óvulos de 14 folículos» puede sorprender, pero es perfectamente normal. La recuperación postpunción suele ser de unas pocas horas de reposo; algunas mujeres vuelven a su vida habitual al día siguiente, otras prefieren descansar un par de días, y ambas cosas son válidas.

El laboratorio de fertilización

Mientras se realiza la punción, el embriólogo trabaja en paralelo: recibe los óvulos, los clasifica por madurez y prepara el semen —ya sea de la pareja, ya sea de donante— para la fertilización. Dependiendo del protocolo indicado, la fertilización puede hacerse por FIV convencional —los espermatozoides se depositan cerca de cada óvulo y la penetración ocurre de forma espontánea— o mediante ICSI, la microinyección intracitoplásmica en la que un espermatozoide seleccionado se introduce directamente en el óvulo con una aguja microscópica.

Al día siguiente de la punción —que en el mundo de la FIV se llama «día 1″— el embriólogo evalúa si los óvulos han fertilizado correctamente. Un óvulo fertilizado muestra dos pronúcleos visibles al microscopio; si tiene uno o tres, la fertilización ha sido anómala. El porcentaje habitual de fertilización normal con ICSI se sitúa entre el 60% y el 80% de los óvulos maduros, aunque hay variabilidad significativa. Recibir esa llamada del laboratorio el día 1 —con el número de óvulos fertilizados— es uno de los momentos de mayor tensión emocional de todo el proceso, algo que quizá no se anticipa suficientemente.

Cultivo embrionario y transferencia

Los embriones fertilizados permanecen en el laboratorio, dentro de incubadoras con condiciones estrictamente controladas, durante cinco o seis días. En ese tiempo pasan de ser una única célula a convertirse en blastocisto —una estructura de cien a doscientas células con una cavidad interior y dos poblaciones celulares diferenciadas: la masa celular interna, que formará el embrión, y el trofoectodermo, que formará la placenta. Solo los embriones que alcanzan el estadio de blastocisto de buena calidad se transfieren o se vitrifican; los que se detienen antes —y algunos lo harán— han expresado una alteración que los hace inviables, y eso es un filtro natural, no un fracaso del laboratorio.

La transferencia embrionaria es el momento más simbólico del proceso: un catéter fino, guiado por ecografía abdominal, deposita uno o —en casos seleccionados— dos embriones en la cavidad uterina. No duele. Dura menos de cinco minutos. Muchas pacientes nos dicen que esperaban algo más «dramático» para ser tan importante. Después de la transferencia, en IMFER recomendamos reposo relativo ese día pero no inmovilidad absoluta —el embrión no se cae, ni se mueve, ni necesita que la paciente esté tumbada para implantarse. El útero es un músculo que sostiene.

Consejo práctico: Tras la transferencia embrionaria, puedes retomar tu vida normal con prudencia. No hay evidencia científica de que el reposo prolongado en cama mejore las tasas de implantación; de hecho, algunos estudios sugieren que la inmovilidad absoluta puede ser contraproducente. Caminar, comer con normalidad y dormir bien son suficientes.

La espera: los días después de la transferencia

Los diez o doce días que separan la transferencia de la prueba de embarazo —la famosa «beta» o determinación de HCG en sangre— tienen nombre propio en las comunidades de pacientes: la «two week wait», o espera de dos semanas. Es, para muchas mujeres, la parte más dura de todo el proceso. No hay nada que hacer. No hay ecografía que mirar. No hay análisis que te diga si el embrión está implantando. Solo hay espera, síntomas que se interpretan y reinterpretan constantemente —¿este dolor de ovarios es buena señal? ¿este sangrado es la menstruación o la implantación?—, y una tensión sorda que convive con la vida cotidiana.

Lo que les decimos a nuestras pacientes es que los síntomas en esta fase son terriblemente poco fiables: la progesterona que se administra como apoyo luteal produce prácticamente los mismos síntomas que el embarazo temprano —náuseas, tensión mamaria, cansancio—, así que interpretar el propio cuerpo es un ejercicio de frustración garantizado. La única información que vale es la beta. Y cuando llega —positiva o negativa— hay que entender que ese resultado no define el ciclo completo: es solo el comienzo de una nueva conversación.

Tasas de éxito reales: qué dicen los datos

Hablar de tasas de éxito en reproducción asistida es siempre una conversación delicada, porque los números se pueden presentar de muchas formas distintas —y no todas son igual de honestas. Hay diferencias importantes entre «tasa de embarazo clínico» (latido fetal confirmado por ecografía), «tasa de gestación evolutiva» (embarazo que supera las 12 semanas) y «tasa de bebé en casa» (recién nacido vivo). Este último es el número que realmente importa, y también el más bajo. Cuando una clínica presenta solo sus cifras de «tasa de embarazo» sin especificar qué incluye ese dato, hay que hacer preguntas.

Los datos del Registro SEF de 2022 —el más actualizado disponible al cierre de esta información— muestran que en España la tasa de parto por transferencia con óvulos propios en mujeres menores de 35 años se sitúa alrededor del 45-50%. A medida que avanza la edad materna, esa cifra desciende de forma progresiva y acelerada a partir de los 37-38 años, no porque el útero falle, sino porque la calidad cromosómica de los óvulos se deteriora con la edad y aumenta el porcentaje de embriones con aneuploidías —alteraciones en el número de cromosomas que impiden el desarrollo normal. Cuando se recurre a óvulos donados —de donantes jóvenes, generalmente entre 18 y 35 años—, las tasas se estabilizan y la edad de la receptora pierde relevancia: los datos ESHRE sitúan las tasas de éxito con donación entre el 55% y el 65% por transferencia, independientemente de si la receptora tiene 38 o 48 años.

Dato clave: El 54% de los ciclos de FIV realizados en España corresponden a mujeres mayores de 35 años, según la SEF. La edad sigue siendo el factor pronóstico más relevante cuando se usan óvulos propios.
Tasas de éxito aproximadas por edad en FIV — Referencia SEF/ESHRE 2022-2024
Edad Tasa éxito (óvulos propios) Tasa éxito (óvulos donados) Acumulada (3 transf.)* Notas
< 35 años 45–50% 55–65% ~85% Mejor pronóstico global. Reserva ovárica generalmente buena.
35–37 años 35–42% 55–65% ~77% Ligero descenso en calidad embrionaria. Puede plantearse DGP-A.
38–40 años 22–30% 55–65% ~60% Descenso más marcado. El DGP-A mejora los resultados por transferencia.
41–42 años 10–18% 55–65% ~36% Alta tasa de aneuploidía. Se recomienda valorar donación según reserva y respuesta.
> 43 años < 8% 55–65% Las guías clínicas recomiendan considerar la donación de óvulos como primera opción.

* Probabilidad acumulada estimada para 3 transferencias consecutivas (suponiendo una media de 3 embriones por ciclo). Datos orientativos; cada caso es individual.

Un aspecto que sorprende a muchas parejas —y que consideramos honesto comunicar— es que las tasas de éxito que se publican son por transferencia, no por ciclo completo. Un ciclo puede generar varios embriones vitrificados, y cada uno de esos embriones representa una nueva oportunidad de transferencia. La tasa acumulada tras varias transferencias de embriones de un mismo ciclo es sensiblemente más alta que la tasa por transferencia aislada. Esto significa que comparar clínicas solo por «tasa de éxito» sin saber cómo calculan esa cifra puede llevar a conclusiones erróneas.

FIV con ICSI e IMSI: cuándo y por qué

Cuando a alguien le dicen que su tratamiento será «FIV-ICSI», la primera reacción suele ser de confusión: ¿no era suficiente con la FIV? ¿Hay algo más grave en su caso? La respuesta es que no, necesariamente. La ICSI —inyección intracitoplasmática de espermatozoide— es simplemente la forma de fertilización más utilizada en España hoy en día: según datos SEF, se aplica en más del 85% de los ciclos, incluso cuando el factor masculino no está comprometido.

La lógica detrás de esto es pragmática. La FIV convencional —en la que los espermatozoides se depositan alrededor del óvulo y la penetración ocurre espontáneamente— tiene un riesgo de fallo de fertilización total que, aunque poco frecuente, existe. Con ICSI ese riesgo prácticamente desaparece: el embriólogo selecciona un espermatozoide morfológicamente correcto y con buena movilidad e introduce directamente en el óvulo. El resultado es una tasa de fertilización más predecible y una mayor seguridad para el laboratorio. En casos de factor masculino severo —oligospermia extrema, azoospermia obstructiva con recuperación quirúrgica de espermatozoides, o alteraciones morfológicas importantes—, la ICSI no es solo recomendable: es imprescindible.

La IMSI —selección morfológica de espermatozoides con alta magnificación— va un paso más allá: utiliza un microscopio con amplificaciones de hasta 6.000 aumentos (frente a los 200-400 de la ICSI convencional) para identificar defectos en la cabeza del espermatozoide —concretamente en el núcleo— que no son visibles con menos resolución. Esos defectos, las vacuolas nucleares grandes, se han asociado con mayor fragmentación del ADN espermático y peores resultados embriológicos. La IMSI se reserva para casos con fallos de FIV previos, mala calidad embrionaria recurrente o fragmentación espermática muy elevada; no está indicada de forma universal porque el tiempo que requiere es mayor y el beneficio en casos estándar no está demostrado.

Importante: Técnicas como IMSI, fragmentación de ADN espermático o ERA (análisis de receptividad endometrial) tienen su indicación precisa. Aplicarlas sistemáticamente a todos los ciclos sin indicación clínica añade coste sin evidencia de beneficio adicional. En IMFER, cada prueba complementaria se indica cuando hay una razón clínica documentada que la justifica.

El impacto emocional que nadie cuenta

Hay una conversación que ocurre raramente en las consultas de fertilidad, no porque los médicos no la consideren importante, sino porque el tiempo es escaso y la agenda clínica aprieta: la del coste emocional real de un proceso de FIV. No el coste económico —ese sí se habla, necesariamente—, sino el otro: el que se paga en ansiedad, en relaciones tensadas, en identidad sacudida, en el peso de tener que seguir funcionando en el trabajo y en la vida social mientras sientes que todo tu mundo gira alrededor de una punción folicular o de una prueba de embarazo.

Lo que vemos en consulta —y los estudios publicados lo confirman— es que el nivel de estrés que experimentan las mujeres durante un ciclo de FIV es comparable al de pacientes con enfermedades crónicas graves como el cáncer o la insuficiencia cardíaca. Esto no lo decimos para dramatizar, sino para que se entienda que la respuesta emocional intensa ante este proceso no es debilidad ni hipersensibilidad: es una respuesta adecuada a una situación objetivamente difícil. Las investigaciones de ESHRE han documentado que la ansiedad y la depresión son significativamente más prevalentes en mujeres en tratamiento de reproducción asistida que en la población general, y que el abandono de tratamientos a pesar de tener embriones disponibles ocurre en un porcentaje importante de pacientes —no por razones médicas, sino por agotamiento emocional.

Las parejas también se ven afectadas de formas distintas, y eso puede generar tensión entre ellas. Muy frecuentemente, la mujer lleva el peso físico y emocional de forma más intensa y necesita hablar del proceso constantemente; la pareja, intentando protegerla, tiende a minimizar —»va a salir bien, no te preocupes»— lo que la mujer puede interpretar como falta de comprensión o de implicación. No es mala voluntad: son formas distintas de gestionar la incertidumbre. Pero si no se nombra, puede crear distancia en el momento en que más se necesita estar juntos.

En IMFER trabajamos con psicólogos especializados en fertilidad porque creemos que el apoyo emocional no es un extra opcional sino parte del tratamiento. No significa que todo el mundo necesite psicoterapia —muchas parejas transitan el proceso con su red de apoyo y salen adelante—, pero sí que tener un espacio donde hablar sin tener que proteger a nadie, sin tener que simular optimismo, puede marcar una diferencia real en cómo se vive la experiencia. Y en cómo se toman las decisiones cuando el camino se complica.

Consejo práctico: Si estás en tratamiento, permite que las personas de tu entorno cercano sepan lo que estás viviendo —no para que te solucionen nada, sino para que no esperen de ti rendimiento emocional pleno en este momento. Poner límites a las preguntas intrusivas («¿y cuándo vais a tener hijos?») es perfectamente legítimo y no requiere explicaciones.

Preguntas frecuentes que recibimos en IMFER

¿Cuántos embriones se transfieren en un ciclo de FIV?

En la inmensa mayoría de los ciclos en España —y en IMFER de forma sistemática en pacientes con buen pronóstico— se transfiere un único embrión. La transferencia electiva de embrión único (eSET, por sus siglas en inglés) es la práctica recomendada por la ESHRE porque los embarazos gemelares, aunque puedan parecer «el doble de solución», implican el doble de riesgo: mayor probabilidad de parto prematuro, de cesárea, de complicaciones neonatales y de morbimortalidad materna. En casos muy concretos —mayor edad, embriones de menor calidad, intentos repetidos fallidos— puede valorarse la transferencia de dos embriones, pero siempre es una decisión individualizada y consensuada.

¿Qué ocurre con los embriones que no se transfieren?

Los embriones de buena calidad que no se transfieren en fresco se vitrifican —es decir, se congelan mediante un proceso ultrarrápido que preserva su integridad celular de forma muy eficaz. La vitrificación ha cambiado radicalmente la reproducción asistida: las tasas de supervivencia embrionaria tras la descongelación superan el 90% en los mejores laboratorios. Esos embriones pueden permanecer crioconservados durante años y transferirse en ciclos posteriores sin necesidad de repetir la estimulación ovárica ni la punción. En términos prácticos, un solo ciclo de punción puede dar lugar a múltiples oportunidades de embarazo.

¿La FIV aumenta el riesgo de cáncer?

Esta es una pregunta que muchas pacientes tienen en la cabeza pero no siempre se atreven a formular. La respuesta que nos da la evidencia disponible —y los estudios de seguimiento a largo plazo con miles de mujeres— es tranquilizadora: no hay datos que demuestren un aumento del riesgo de cáncer de mama, ovario o útero asociado al uso de gonadotropinas para estimulación ovárica. Los estudios más recientes, publicados en el British Journal of Cancer y en Human Reproduction, no encuentran incremento estadísticamente significativo. Dicho esto, en mujeres con antecedentes familiares de cáncer hormonodependiente o con mutaciones BRCA, la valoración previa con oncología es siempre recomendable.

¿Puedo hacer FIV si tengo síndrome de ovario poliquístico (SOP)?

Sí, y de hecho las mujeres con SOP tienen generalmente una respuesta ovárica muy buena a la estimulación —a veces demasiado buena, lo que requiere protocolos especialmente diseñados para evitar el síndrome de hiperestimulación ovárica (SHO). El SHO es una complicación que ocurre cuando los ovarios responden de forma exagerada a las hormonas y puede producir síntomas importantes —dolor abdominal intenso, náuseas, acumulación de líquido—, aunque en sus formas graves es hoy mucho menos frecuente gracias al uso de análogos de GnRH para la descarga de maduración en lugar de HCG. En pacientes con SOP y riesgo alto de SHO, solemos realizar una estrategia de «segmentar el ciclo»: punción en fresco, congelación de todos los embriones, y transferencia diferida cuando el ovario ha recuperado su estado basal.

¿Cuántos ciclos de FIV se pueden hacer?

No hay un límite fijo establecido por consenso, pero la práctica habitual es revisar el pronóstico y reorientar el tratamiento si tras dos o tres ciclos completos no se ha conseguido embarazo. Lo que vemos en consulta es que, cuando los ciclos son repetidamente negativos, hay que preguntarse por qué: ¿es un problema de calidad embrionaria (que sugiere origen genético y puede responder bien al DGP-A)? ¿Es un problema de receptividad uterina? ¿Hay un factor oculto que no se ha investigado? La respuesta a un fallo reiterado no es «más de lo mismo» sino una revisión crítica del caso. A veces el cambio de protocolo, el estudio del endometrio o la revisión del factor masculino revelan algo que no estaba en el diagnóstico inicial.

¿Afecta el estrés al resultado de la FIV?

La relación entre estrés y fertilidad es uno de los temas más discutidos —y más malinterpretados— en medicina reproductiva. La evidencia científica actual sugiere que el estrés cotidiano, incluyendo el propio estrés del tratamiento, no tiene un impacto demostrado y directo sobre las tasas de éxito en FIV. Dicho de otro modo: no hay datos sólidos que indiquen que una mujer más «tranquila» tenga más posibilidades de que su embrión implante. Donde sí hay impacto es en el abandono prematuro del tratamiento: las mujeres con mayor carga de ansiedad tienden a abandonar antes, y eso sí reduce las posibilidades globales. Por eso el apoyo psicológico tiene sentido, aunque no sea por la razón que muchos creen.

¿Se puede trabajar con normalidad durante el ciclo de FIV?

En general, sí. La estimulación ovárica no requiere baja laboral en la mayoría de los casos, aunque sí es necesario poder acudir a las visitas de seguimiento —generalmente dos o tres durante la estimulación, más el día de la punción y el de la transferencia. La punción requiere un día de reposo y, habitualmente, alguien que acompañe y conduzca. Los días siguientes a la transferencia se puede retomar la actividad normal, con la única excepción del ejercicio físico intenso. Hay trabajos que implican esfuerzo físico importante —determinadas tareas en industria, hostelería, etc.— donde sí puede ser necesario un ajuste temporal. En cualquier caso, es una situación que conviene comentar con el médico de cabecera o con el equipo de IMFER para valorar si se necesita algún tipo de adaptación.

¿Tienes dudas sobre la FIV o quieres estudiar tu caso concreto? Los especialistas de IMFER están a tu disposición.